lunes, 28 de mayo de 2012

Fresca hierbabuena



Mi abuela Petra tenía un tiesto de hierbabuena en la cocina. Yo me comía las hojas, me encantaban. Y aunque se lo pelaba, nunca me regañó.
Mi abuela Petra tenía unos pechos enormes entre los que escondía una cadena de plata con muchas medallitas. Me gustaba rebuscar las medallas entre sus pechos tibios.
Su casa, muy pequeña, estaba llena de tesoros maravillosos. Había un reloj de péndulo colgado en la pared, que daba las horas, las medias y los cuartos. Cuando me quedaba a dormir allí oía el sereno y continuo tic-tac, además de las horas, las medias y los cuartos. Jamás he conseguido dormir tan plácidamente como en esa casa, arrullada por el reloj.
Algunas veces le traían una especie de hornacina con una virgen (no recuerdo cuál), que se quedaba allí varios días y a la que ponía velas. Después la recogía alguien de la parroquia para llevar a otra casa. Siempre me ha gustado el misterio de las velas.
En el pasillo había un cuadro de San Sebastián y otro de Santa Lucía, un poco tétricos; eso no me gustaba tanto, pero estaba acostumbrada. Tenía también una manta aterciopelada, cálida y mullida, que era más que suficiente en esa casa sin calefacción. Y un rosario de palo de rosa que le había traído mi padre de Roma, y que guardaba junto al primer diente de leche que se le cayó a su hijo.
Pero lo más atractivo a mis ojos asombrados era lo que guardaba en el fondo de un cajón del armario: unos pendientes y un anillo con aguamarinas, regalo de su marido, y que nunca vi que se pusiera. De hecho, nunca llevaba joyas. Siempre le pedía que me los enseñara, y me quedaba extasiada ante sus destellos azules. Me habría dado lo mismo si hubieran sido de cristal de botella, yo qué sabía… ¡brillaban tanto!
Cuando enviudó yo tenía 10 años. En su pena contenida, me hizo atisbar mi primera duda existencial. Pero esa es otra historia.
Mi abuela Petra tenía un corazón el doble de grande que sus pechos. Nunca, nunca la vi enfadada. En Navidad, en una juguetería de la calle Atocha, compraba a plazos los juguetes que con más ilusión habíamos pedido a los Reyes. Los caprichos que no nos daban en casa, ella los conseguía, a pesar de sus pocos medios. Era una abuela coraje, como fue una madre coraje. Un día me puse enferma en su casa, con mucha fiebre, y me devolvió a mis padres en sus brazos, envuelta en toallas, como un paquete precioso.
Le gustaba ir al cine con su marido a menudo, sobre todo por la noche, al Doré o al Monumental, para luego volver paseando con la fresquita. Y me contaba las películas que había visto -y que se podían contar, claro-. Así se fue formando mi universo romántico-cinematográfico, con La muerte tenía un precio, El Tulipán Negro, Pollyana y otras muchas que ahora no recuerdo.
Mi abuela Petra un día se fue. A reunirse con su marido, supongo, que se había ido hacía ya catorce años y vendría a buscarla con su habitual “Vamos, Petrilla”. Dejó una carta manuscrita, su testamento de cariño, para todos nosotros. Y ¡oh, sorpresa!, en ella decía que los pendientes y el anillo de aguamarinas eran para mí, su nieta mayor. Es el regalo más valioso que he recibido nunca, el que más me emociona.
También tengo su manta, que abriga mis noches de invierno. El reloj se perdió, lástima, habría sido la enseña de mi casa.
Mi abuela Petra sonríe y me abraza mientras escribo todo esto, lo sé. Como sé que me diría que no cuente estas tonterías. Pero no le voy a hacer caso.
Por Mª Antonia Macho*
*El abuelo de Miguelito abre sus puertas a las historias de abuelos de sus lectores. Cuéntanos, como Mª Antonia, algo de tu abuelo/a favorito.



martes, 22 de mayo de 2012

La abuela cumple 100 años


A veces no hace falta ser Miguel Ángel para ganarse un huequito en la Historia. A veces, la longevidad -el artista murió con casi noventa años- no es patrimonio de mentes y espíritus elevados. O sí. Tan elevados como el espíritu de una mujer que acaba de cumplir 100 años en Zamora, donde se fue a vivir desde su Tábara natal recién casada con su marido, del que enviudó recientemente. Podía haber sido una chica independiente, trabajadora en plena II República, representando un tipo de mujer adelantada a su tiempo. Podría haber acabado en el Partido Comunista, ser miliciana y exiliarse a Francia en la posguerra. Podría haber sido muchas de estas cosas si la vista no le hubiera fallado desde joven, lo que le hizo abandonar su profesión de telegrafista, oposición que había sacado adelante con todo su esfuerzo. Sin embargo, no por ello debemos pensar que no es nadie. Todo lo contrario. 14 hijos tuvo y los 11 que sobrevivieron son la prueba fehaciente de que fue y es alguien muy importante en sus vidas y en una historia, la suya, irrepetible. Porque en los pueblos de España hay historias así, de mujeres capaces de cocinar 11 tortillas de patata, 11 barras de pan, sendos pimientos fritos, chorizo y queso para que su prole pasara inolvidables domingos en el "pinar". Y es que sin esa mujer las vidas y los recuerdos de sus hijos, nietos y bisnietos, que ahora celebran sus sorprendentemente cabales 100 añazos, no serían lo mismo. A veces, no hace falta ser Miguel Ángel para ganarse un huequito en la Historia, basta con ser de Tábara, vivir muchos años y tener la memoria intacta para transmitir aquello que se ha vivido, para que nunca se pierda.


miércoles, 9 de mayo de 2012

¿Puedo tomar una stout?

Maurice Ready tiene dos hijos. Uno de ellos está casado y es padre de dos niñas; el otro, como ocurre en muchas familias irlandesas, es sacerdote. Ambos se turnan para visitarle en la residencia dos veces por semana cada uno, lo que lo convierte en uno de los ancianos más visitados. El que no es sacerdote se llama Maurice, como su padre, y viene una tarde entre semana, solo, y el sábado por la mañana con toda la familia. Sus hijas son dos angelitos rubios cuyas risas y juegos inundan de alegría toda la planta y ponen patas arriba la monótona existencia del resto de los residentes, tropezando con sillas de ruedas, escondiéndose detrás de andadores y tirando por los aires las bandejas de comida provenientes de la cocina. Es delicioso ver la sonrisa que se le pone a su abuelo cuando las ve aparecer por el pasillo y, lo mejor de todo, que le dura todo el día y hasta se va a dormir con ella puesta.
Damien es el hijo sacerdote de Maurice Ready. Nunca viene el fin de semana, tiene que dar misa. Él prefiere los lunes y los miércoles, a última hora de la tarde, a tiempo para acompañar a su padre en la cena, y darle el capricho de permitir que se beba una botella de cerveza negra bien fría que le trae escondida en el abrigo. Por supuesto, si le viera alguna de las monjas de la residencia se la quitaría ipso facto, no se permiten esos vicios bajo su techo, y mucho menos si están contraindicados con las medicinas que toma el anciano. Sin embargo, esto a Damien no le importa porque sabe que su padre espera la cerveza como el acontecimiento más placentero de la semana, junto a ver a sus nietas correr y revolverlo todo. Sin estas pequeñas cosas la cabeza hace mucho tiempo que habría dejado de funcionarle. Pero el caso es que le funciona muy bien. Hoy es uno de los días que no tiene visita y soy yo quien le hace compañía mientras cena e, incluso, le doy algún trozo de salchicha con el tenedor como si fuera un niño pequeño. No suele tener problemas para comer solo, pero algunas noches está especialmente torpe, ralentizado, y es mejor darle de cenar porque si no se acaba quedando dormido sobre el plato. Maurice me pregunta a qué se dedica mi padre. Es jubilado, le digo. Ya, pero antes, ¿qué era?, me vuelve a peguntar. Era empleado de banca, contesto. De repente, un destello de luz cruza momentáneamente sus pupilas que, ensanchándose, me sonríen. Entonces me empieza a contar que él trabajó toda su vida en el Bank of Ireland, que entró de botones muy joven y fue ascendiendo, y que era el mejor trabajo del mundo. ¿Mañana viene Damien?, cambia de tema. Supongo, porque es miércoles y no ha llamado para decir que no venía - Damien siempre avisa-, le digo. ¿Puedo tomar una stout*?, pregunta refiriéndose a una cerveza negra. No, mañana, respondo. Y sin mediar palabra cierra los ojos sonriendo de nuevo, haciéndome saber que tanto la conversación como la cena han terminado para él. Recojo la bandeja, le limpio la boca y le acomodo las almohadas antes de arroparle. Tras correr las cortinas y apagar la luz, me voy sin hacer ruido y, cuando ya estoy en la puerta, oigo a Maurice Ready decir a mi espalda: Que Dios bendiga a tu padre, salúdale de mi parte cuando le veas.

*Stout es el nombre que recibe en inglés la variedad de cerveza negra. Lager y Ale son las otras dos variedades: rubia y tostada, respectivamente.

viernes, 27 de abril de 2012

El encuadernador

 Imagen: Mediossociales

Hace mucho que no le veo. La última vez que se acercó por la oficina nadie le compró ni una sola libreta. La Navidad acababa de pasar y todos nos habíamos llevado un arsenal de libretitas para regalar a nuestros familiares. No eran especialemnte bonitas, eran pequeñas, carecían de cubiertas, sólo tenían una contraportada forrada de algún tipo de piel falsa, a veces marrón, otras verde o azul marino. Iban cosidas por arriba con una franja de tela y las hojas -todo un detalle- llevaban microperforado. Libretas simples para tener en casa a mano, apuntar un teléfono o la lista de la compra. Nada del otro mundo. El anciano que las vendía había trabajado toda su vida en un taller de encuadernación, de esos que existían en el siglo pasado, de esos que ya no quedan. Recuerdo uno en mi barrio, mi padre solía llevar a encuadernar allí las colecciones por fascículos que hacía con el periódico: Atlas de España, Atlas de Europa, Libro de Efemérides... en casa había varios. El taller no tenía ventanas que dieran a la fachada, sólo una puerta negra y un letrero sobre la pared blanca:"Encuadernación". 
Desconozco en qué taller trabajó toda su vida el anciano de las libretas, pero lo cierto es que ya no existía. El hombre parecía bastante mayor, no es que estuviera cascado, no. Era realmente mayor y, además, la cabeza no le funcionaba del todo bien. Sí para hacer las cuentas de lo que vendía y darte las vueltas, pero no para todo lo demás. Empezó viniendo una vez al mes, pero últimamente ya era una vez a la semana. Como nos daba mucha pena, casi siempre le comprábamos una libreta -por eso y porque sólo costaban un euro-, hasta el punto de que llegué a tener cinco libretas sin empezar sobre mi mesa. Portaba una mochila escolar y se recorría todas las oficinas del barrio, entregando su tarjeta -una fotocopia de 3x3 cm.- escrita a mano en la que se leía: Antonio González, Encuadernador. Se encuadernan y reparan todo tipo de libros. Y acontinuación, un teléfono fijo. Su aspecto era pobre, solía llevar la misma chaqueta raída, pantalón de lana y unas zapatillas de deporte que parecían heredadas. Andaba un poco encorvado, usaba unas gafas de culo de vaso muy anticuadas y siempre llevaba el pelo blanco peinado con raya a un lado. Era aseado, eso sí. Pero siempre contaba la misma historia: que estaba jubilado, que era viudo, que cobraba una pensión muy pequeña, que lo hacía todo él artesanalmente y que la cosa estaba muy mal. Siempre lo mismo. Algunas veces, si hacía poco que le habíamos visto y estábamos muy ocupados en la oficina, cuando llamaba al timbre fingíamos no estar y no le abríamos la puerta, para después retorcernos de remordimientos el resto del día.
Hace tiempo que no le veo y ya no trabajo en esa oficina, pero de vez en cuando me pregunto qué será de su vida, si seguirá encorvándose sobre una mesa a la luz de un flexo para fabricar esas libretas irregulares, cortadas con mal pulso y no demasiado bonitas; y, sobre todo, cómo viviría con esa pequeña pensión y los pocos euros que les sacase a las libretas.


viernes, 13 de abril de 2012

Viejos y abuelos

Foto: Pequesymas

En la biblioteca, hoy hay varios abuelos con sus nietos. Los niños tienen una semana de vacaciones por Pascua y los padres, evidentemente, no. Esto obliga a hordas de abuelitos más que cansados de hacer de "padres" postizos a sacar a los críos para que se entretengan. Me llama la atención especialmente uno cuyo nieto está algo crecidito. Rondará los once años, el niño. El abuelo claramente supera los ochenta. Las manchas oscuras en su calva y esa camisa de franela a cuadros por dentro de un pantalón de pana con la cintura a la altura del sobaco no dejan lugar a dudas: es un hombre de campo bastante mayor. Y además, valenciano-parlante. Un hombre de campo, claramente. Da cabezadas sobre la mesa mientras su nieto estudia o hace los deberes. Es curioso porque a esa edad yo iba sola a la biblioteca siempre que quería, pero los padres de ahora son más protectores que los de mi generación. La calle es más peligrosa, los niños menos inocentes... un niño de once años no puede cruzar dos calles para ir a estudiar a la biblioteca municipal a las 12 de la mañana. O eso parece. Y para que no le atraquen o le ofrezcan droga por la calle, lleva de guardaespaldas a su abuelo octogenario que se aburre como una ostra en la sala de lectura infantil. Y sin saber porqué, me pongo triste. Me apena que los abuelos sean tan mayores, porque recuerdo a los abuelos de mi época con mucha más vitalidad y alegría en el cuerpo, probablemente debido a que tenían diez años menos que los de ahora. porque las madres también tenían diez años menos que las de ahora. Mientras tanto, el niño ha recogido sus libros y se dirige hacia la puerta pegando saltos, en tanto su abuelo se pone la chaqueta y la boina de lana con parsimonia y, meticulosamente, coloca todas las sillas de la mesa antes de salir. El nieto hace ya un par de minutos que está en la calle arriesgándose a ser secuestrado por cualquier desalmado. Hay que ver cómo han cambiado los tiempos.

lunes, 9 de abril de 2012

A hombros, o con los pies por delante

¿Quién no recuerda a la entrañable Rose de Las Chicas de Oro? Cuando veíamos la serie en los años 80, Rose (Betty White) ya era mayor. O al menos eso le parecía a mis ojos de niña, y no andaba muy desencaminada, porque entonces la actriz los 60 ya no los cumplía. Esto lo descubrí hace un par de noches viendo un Saturday Night Live de 2010 con Betty White como artista invitada. Ni más ni menos que 88 años tenía cuando fue host del mítico programa, y 90 tiene ahora mientras combina un papel en la serie Póker de Reinas con el doblaje de dibujos animados en la recientemente estrenada Lórax: en busca de la trúfula perdida. Transmitiendo vitalidad a raudales, la entrañable Rose deleita al espectador con un monólogo enternecedor en el Saturday Night Live, donde repasa su trayectoria en televisión, desde sus inicios en Mary Tyler Moore -un pilar en la historia de las sitcoms- pasando por Las Chicas de Oro, Vacaciones en el Mar o Santa Bárbara, hasta un presente en el que no parece contemplar la jubilación. Hija de un vendedor que se trasladó a California desde Illinois en la Gran Depresión, Betty se casó tres veces, no tuvo hijos y vive con su golden retriever, Pontiac. Sin embargo, lo mejor de esta historia es cómo llegó a presentar el programa de humor neoyorquino en 2010. Y es que, tras varias ofertas que ella siempre rechazaba porque el programa le resultaba demasiado "New York style" para su perfil interpretativo, una campaña en Facebook llevó al productor Lorne Michaels a ofrecérselo por enésima vez. Al parecer, el grupo de Facebook "hagamos que Betty White presente Saturday Night Live" alcanzó el medio millón de miembros en poco tiempo. La sorprendida y halagada actriz octogenaria declaraba que no entendía muy bien eso del Facebook, que ella se había criado rodeada de cosas tan diferentes a esto que se le escapaba un poco, pero que estaba, aún así, muy agradecida por la inesperada acogida de la propuesta.

Cruzando el charco, en nuestro país también encontramos ejemplos de actrices que se mantienen o se han mantenido en activo superada la barrera de los 80. Bien sea precisamente por eso, porque se mantienen activas, o por los beneficios sobre el riego sanguíneo que tiene memorizar guiones; el caso es que las actrices son como los toreros: de los escenarios sólo salen a hombros o con los pies por delante.

miércoles, 4 de abril de 2012

¿Y tú ya tienes fisbul?

Foto: Acid Cow

- Entonces, ¿tú sabes lo que es un PDF?- escucho a mis espaldas en el autobús. Como la voz proviene de una persona mayor, presa de la curiosidad giro la cabeza disimuladamente para descubrir a dos ancianas (una de ellas realmente muy anciana) portando sendos maletines de... ¡portátil! Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. Efectivamente, llevan ordenadores portátiles guardados en maletitas acolchadas de colores, de estas tan monas que venden ahora, que sujetan con celo en sus respectivos regazos. Con esta imagen debería cobrar sentido para mí la conversación que están teniendo, pero sigue resultándome cuanto menos insólita. - Pues será un programa de esos que hay, hija, yo no sé lo que es- contesta la otra mujer. - Es un documento porque el otro día mi nieto me envió uno por correo electrónico- asegura la primera anciana, la que tiene la duda. La otra le contesta muy convencida: - un documento es un documento, son todos iguales, no puede ser un documento-. Estoy disfrutando tanto de la conversación que no me atrevo a interrumpir para sacarlas de la duda. - Yo mañana lo pregunto a la profesora y nos quedamos tranquilas-. A la profesora... ¡entonces van a clase! Abuelas con portátiles en el autobús hablando de formatos de documento. Lo nunca visto. Conocía a las abuelas que llevan mochilas escolares con carrito y que se dirigen invariablemente a la piscina, donde hacen aquagym, una moda creciente entre las señoras mayores que ha dejado de ser minoritaria para convertirse en lo más normal del mundo, de hecho, lo raro es ver gente joven haciendo aquagym. Pero esto es otra historia... Detrás de mí la conversación toma tintes cada vez más divertidos: - ¿Y tú ya tienes fisbul de ese? a mí me ha hecho uno mi hija-. Ahogando una carcajada, me bajo del autobús porque he llegado a mi parada, una pena.