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jueves, 5 de julio de 2012
El abuelo hurón
Dicen que cada vez que nace alguien en una familia, otro de sus miembros muere (y viceversa), como si la naturaleza quisiera conservar un extraño y macabro equilibrio. Y también dicen que el recién llegado siempre hereda o reencarna los rasgos físicos o la personalidad del fallecido. Parece absurdo, pero si repasas las fechas de nacimientos y muertes más o menos simultáneas en tu familia, puede que te lleves una sorpresa. Agradable o inquietante, depende de cómo lo mires.
A mí me parece que esta teoría no se limita a los bebés, sino que se extiende a las mascotas, que al fin y al cabo, también son miembros de la familia. De hecho, una de mis hijas es clavadita, pero clavadita, a Popi, un perro que tenía su madre (y que casualmente murió justo antes de nacer ella). Es igual de inteligente, de rebelde y de cabezota. Y a veces, igual de perra. Eso sí, al menos ella no rebusca cosas de comer en la basura. O eso creo.
Pero no he venido aquí a hablar de mis hijas, sino de su abuelo Alfonso, que era mi suegro. El abuelo Alfonso era muy culto, muy moderno y muy presumido. Le gustaba vestir como un dandy, oler a perfume de marca, comer cosas ricas y beber buen vino. Esto último puede ser una virtud o un defecto, en función de los centilitros por hora que te bebas. Pero para mí, que lo conocí ya mayor, no era ni una cosa ni otra, siempre fue simplemente una anécdota. Entre otras muchas cosas, el abuelo Alfonso sabía conversar, leía varios periódicos y hablaba siempre en voz baja con su inconfundible acento barcelonés, que nunca perdió. Y eso que vivió en media España: Madrid, San Sebastián, y en tres residencias de ancianos en Canarias, Málaga y Vigo. Porque Alfonso fue un anciano prematuro; convivía con la tercera edad cuando él todavía estaba en la segunda. Cosas de los servicios sociales.
Todos los años, en verano o semana santa, íbamos a Vigo a visitar a Alfonso, para que viera cómo crecían sus nietas. Siempre llegábamos por sorpresa y él se ponía muy contento, porque las adoraba y también porque no solía tener compañía. Si nos dejaban, nos lo llevábamos a comer y a tomar un vino. Como en la residencia se lo tenían prohibido, nos lo agradecía con una sonrisa pícara y se lo bebía muy deprisa, tan rápido que teníamos que pedirle otro.
Alfonso era muy friolero y llevaba jersey incluso en pleno agosto. Tenía unos ojillos muy pequeños y unas gafas de culo de vaso que los hacían parecer siempre acuosos y más grandes de lo que eran. Se movía despacio y sin ruido, y se ahorraba las palabras si podía sustituirlas por una mueca, un gesto con la mano o un discreto codazo lleno de sobreentendidos. Tenía muy mala memoria para algunas cosas, pero para otras su cabeza era prodigiosa. Por ejemplo, yo le pedía a menudo que me enseñara esos trabalenguas tan divertidos que se sabía en catalán y que simulan frases en otros idiomas, como inglés (En un got net no hi pot haver-hi hagut mai vi), chino (Tinc tanta sang que a les cinc tinc son) o incluso latín (Avis murris porten els nuvis amb òmnibus a Gràcia). Conocía muchos diferentes y los recordaba todos a la perfección. Y si mil veces le pedí que los recitara, mil veces los repitió, sin quejarse jamás ni mostrar contrariedad alguna. Le divertía tanto como a mí. Aparte de que le hacía muchísima gracia ver a un madrileño disfrutar como un enano aprendiendo a decir cosas en catalán. Era su lengua y estaba muy orgulloso de ella, pero sólo la utilizaba para hablar con su esposa, María. De la que, por cierto, nunca se separó legalmente, aunque vivieron 25 años cada uno por su lado. Yo creo que siempre la quiso. Era un gran tipo, Alfonso.
Con los años, la salud del abuelo Alfonso se hizo más y más frágil; primero empeoró su vista y tuvo que dejar de leer. Eso acrecentó su tristeza, su soledad y su silencio. Luego flaquearon sus piernas, y caminaba tan despacio que le apodamos “el abuelo tortugo”. De ahí pasó a ocupar una silla de ruedas. Y por último, le amputaron una pierna por encima de la rodilla. Ese año no esperamos al verano para ir a verle.
Cuando llegamos a Vigo, nos preocupaba cómo reaccionarían nuestras hijas, aún pequeñas, al ver que a su abuelo le faltaba un trozo. Temíamos que se asustaran o les diera yu-yu. Bueno, pues ni se fijaron. O si lo hicieron, no le dieron ninguna importancia. África, que era su favorita, le regaló un pequeño peluche de un elefante con la trompa para arriba, como a él le gustaban, porque Alfonso siempre decía que sólo así daban buena suerte. Y Paula le dio dos besos y se comportó con la mayor naturalidad, mientras el abuelo la miraba tan embelesado que empezamos a dudar cuál de las dos era su nieta preferida. Nos lo llevamos a comer a un restaurante con terraza y, cómo no, nos bebimos dos jarras de albariño a la manera de Alfonso: la primera muy rápido, y la segunda tan tranquilos, paladeando el vino. El abuelo no habló mucho, sólo contemplaba a sus nietas orgulloso, asombrado y con una permanente sonrisa. Creo que nunca le había visto tan feliz, y durante tanto tiempo seguido, como aquel día.
Después de comer fuimos a comprarle algunas delicatessen a un centro comercial cercano. Allí había una tienda de animales y, en mitad del escaparate, un cachorro de hurón de dos meses de edad. Nada más verlo supe que África y su madre, que venían detrás empujando la silla del abuelo, se iban a enamorar de él. Y en efecto, un cuarto de hora más tarde, Sultán (así lo bautizó África, con gran acierto) se convirtió en un nuevo miembro de la familia. Alfonso observaba al hurón como hacía con todo lo nuevo: con una mezcla de curiosidad, simpatía y tolerancia. Si le preguntabas qué le parecía aquel animal, simplemente se encogía de hombros y sonreía divertido. Luego volvimos a la residencia, nos despedimos de él, regresamos a Madrid y quince días más tarde, el abuelo Alfonso murió.
Sin embargo, cuando veo los diminutos ojillos de Sultán, que es tan corto de vista como lo era el abuelo, sé que de algún modo sigue aquí. Su alma, o lo que sea, no fue a parar ni al cielo ni al infierno, sino dentro de un mustélido. Sólo así se explica que exista un hurón tan sibarita, tan listo y tan discreto, el muy sinvergüenza, siempre con esa actitud resignada y esa cara de no haber roto nunca un plato. Hay tanto de Alfonso en Sultán… Como él, es un ser silencioso y reservado. Tampoco soporta el frío. Le encanta salir a la calle, aunque enseguida se cansa de andar y prefiere que le lleven. Ignoro si además entiende el catalán, pero en su carné de mascota pone que nació en un pueblo de Lleida, así que tampoco me extrañaría. Ya sé, puede que todo esto no sean más que un puñado de coincidencias, pero a veces me pregunto qué extraña y poderosa razón nos impulsó a comprar un hurón precisamente en Vigo, a 500 km de nuestra casa, en compañía de Alfonso, y justo el último día que lo vimos con vida.
No sé cuál es la respuesta, pero os juro que cada vez que Sultán me mira y alarga el cuello esperando una chuche o una galletita, yo no veo a un hurón. Sólo veo la expresión cómplice y traviesa del abuelo Alfonso, pidiéndome sin hablar que le sirva un poco más de vino.
Por Alberto Macho
miércoles, 4 de julio de 2012
Un abuelo ye-yé
Me gustaría contaros la historia de mis abuelos, para que mis hijas y nietas sepan que lo de ser "moderno" y "liberal" no es un invento del siglo XXI. Mis abuelos paternos se llamaban Camilo y Gloria. Él trabajaba en la conocida farmacia Gayoso, sita en la madrileña Puerta del Sol, que aún hoy continúa abierta bajo el nombre de Farmacia Arenal. Si os fijáis en la foto del recorte que acompaña este texto, mi abuelo Camilo es el de la izquierda, con barba; mientras que el hombre de bigote que le acompaña y mira a la cámara es su gran amigo Julián, un rico constructor de la época que se pasaba la vida en los bares y al que precedía una fama de "borrachín" conocida hasta en los periódicos -de hecho, el artículo hace una sutil referencia a su nariz roja y su gusto por el vino-. Camilo y Julián se "casaron" con dos hermanas, lo que convierte al segundo en mi tío abuelo. Nótese que la palabra "casaron" la he puesto entre comillas no por casualidad.
El abuelo Camilo era, como puede apreciarse en la fotografía, un señorito de la época, un niño pijo, para entendernos; con muy buena planta, iba siempre hecho un pincel. La abuela Gloria, por el contrario, era más bien gordita y de escasa estatura y, aunque fueron una pareja muy bien avenida y tuvieron cinco hijos, nunca les vi juntos por la calle, y eso que Camilo no debía de parar mucho en casa.
Mi abuela falleció antes, y Camilo vivió hasta los 90 años, muriendo poco después de nacer mi hija mayor, allá por los años cincuenta. Es decir, que el recorte del periódico que veis aqui y que aún conservo es, posiblemente, de 1885 o 1890, de lo cuál da cuenta el estilo narrativo del articulista, tremendamente galdosiano.
Fallecido mi abuelo y su hija soltera Milagros, que vivía con él, nos llamó el abogado para formalizar la herencia del piso. Y cuál fue mi sorpresa cuando el letrado nos dice muy serio a mi marido y a mí: "¿sabéis que tus abuelos Camilo y Gloria no estaban casados?" Resultaba que nadie, ni siquiera sus cinco hijos, supieron nunca tamaño secreto. Es decir, que serían lo que llaman ahora "arrejuntarse", porque sin papeles de por medio, ¡ni pareja de hecho eran siquiera!
Por Mª Antonia Ronco Muñoz
El abuelo Camilo era, como puede apreciarse en la fotografía, un señorito de la época, un niño pijo, para entendernos; con muy buena planta, iba siempre hecho un pincel. La abuela Gloria, por el contrario, era más bien gordita y de escasa estatura y, aunque fueron una pareja muy bien avenida y tuvieron cinco hijos, nunca les vi juntos por la calle, y eso que Camilo no debía de parar mucho en casa.
Mi abuela falleció antes, y Camilo vivió hasta los 90 años, muriendo poco después de nacer mi hija mayor, allá por los años cincuenta. Es decir, que el recorte del periódico que veis aqui y que aún conservo es, posiblemente, de 1885 o 1890, de lo cuál da cuenta el estilo narrativo del articulista, tremendamente galdosiano.
Fallecido mi abuelo y su hija soltera Milagros, que vivía con él, nos llamó el abogado para formalizar la herencia del piso. Y cuál fue mi sorpresa cuando el letrado nos dice muy serio a mi marido y a mí: "¿sabéis que tus abuelos Camilo y Gloria no estaban casados?" Resultaba que nadie, ni siquiera sus cinco hijos, supieron nunca tamaño secreto. Es decir, que serían lo que llaman ahora "arrejuntarse", porque sin papeles de por medio, ¡ni pareja de hecho eran siquiera!
Por Mª Antonia Ronco Muñoz
miércoles, 6 de junio de 2012
Mis tres abuelos
Ante
todo, tengo que aclarar el título, para no entrar en cábalas
maquiavélicas ni elucubraciones extrañas. Mi abuela paterna
biológica murió a los pocos días de nacer mi padre, por estas
cosas de falta de asepsia y extensión de infecciones que existían
en los años 30.
Por Guillermo Macho
Ante
esta situación, una de sus hermanas, que no tenía hijos, se hizo
cargo del gordito bebé, asumiendo totalmente su papel de madre, y
años después el de abuela de todos nosotros. En sintonía total, su
marido pasó a ser el abuelo y padre de mi padre.
Por
tanto, cuando tuve uso de razón (¡menudo término!), de pronto me
di cuenta de que tenía tres abuelos, y no dos como todos mis
amigos. Os soy sincero, no sólo no me preocupaba ni me planteé
jamás el porqué. Era una situación de distinción, que lo único
que podía traer eran ventajas...
Mi
infancia fue dirigida por tres caminos diferentes, que jamás se
unían ni se acercaban. Mis abuelos, todos ellos, actuaban de la
misma forma: me mostraban su mundo, cómo eran ellos, cómo se
comportaban, sin mencionar ni una sola vez a sus congéneres. Así
eran de chulos y de sobrados los tres.
Voy
a resumir lo que yo, como nieto desobediente y caprichoso (pero nunca
mimado) captaba de cada uno:
- ARTURO (o Don Arturo habitualmente, o Arturito en algunos círculos... el NINO para sus nietos)
Modelo
ejemplar de lo que son las relaciones sociales; imagen impecable,
cortesía extrema, educación sin límites, jamás una voz más alta,
impensable ningún tipo de violencia, la tolerancia personificada. No
hacía una concesión si no estabas dispuesto a recibirla. Todo su
agradecimiento lo expresaba con los ojos o con su sonrisa retenida,
nunca con la palabra.
Por
sus profesiones y vocaciones, que no tenían nada que ver, era muy
querido en los ambientes taurinos, flamencos y golfos de la época,
tanto como en los quirúrgicos y hospitalarios. Cosas de su
carácter...
Con
los años he concluido que se debía a su “saber flotar”, tanto
en términos políticos, como sociales, como familiares. Era un
maestro en el arte de no dar motivos.
- RAMÓN (el LALO para sus nietos)
Un
auténtico “currante”; trabajador en todo lo referente a curtidos
y pieles en la tienda de La Fuentecilla, una de las personas más
serias, formales y estrictas que he conocido, sin que eso le aportara
más gravedad de la necesaria. De hecho, murió de cirrosis, y no era
el chocolate lo que le gustaba... Su cumplimiento con el trabajo y
con su mujer, de la que estaba profundamente enamorado, era mayor que
la necesidad de salirse de la trazada. Permanentemente hablaba de
cómo se deben hacer las cosas, pero dirigiéndose a la humanidad, no
a su nieto. Era un filósofo, y comediante, capaz de imitar las voces
de los Reyes Magos, de sus pajes, y hasta de los camellos, cada 5 de
enero, haciéndonos creer que estaban todos allí, en el comedor de
casa. Para darle más verosimilitud, él mismo se bebía y se comía
el anís y las pastas que habíamos puesto los niños. Un encanto,
desinteresado y feliz.
- VICENTE (el ABUELO VICENTE para sus nietos)
Absolutamente
independiente, interesado, desconfiado, malpensado, siempre
cuantificándolo todo, y seguramente tan solo desde que murió su
mujer, que nunca supo salir de ese agujero de soledad. Era muy borde,
y muy distante, pero, si te fijabas bien, muy a menudo le corrían
lágrimas por las mejillas, especialmente con nosotros. Los pequeños
le preguntábamos qué te pasa, y siempre decía que se le había
metido algo en el ojo. Años después, me di cuenta de que todo era
emoción, y que, reconociendo que él no había participado
directamente, era feliz entre su familia, aunque no lo verbalizó
jamás.
Claro,
eso cuando le apetecía venir, porque solo se apuntaba algunos
domingos a comer y cuando había entradas para los toros. Esos días
íbamos con él mi padre y yo y siempre hacía la misma broma al
entrar a la plaza: le pedía las entradas a mi padre, y se las daba
al de la puerta diciendo:
- Toma,
el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
El
de la puerta cortaba el pico con una sonrisa, que le devolvía mi
abuelo... y ya era igual lo que hicieran los toreros esa tarde. El
había ocupado su lugar, y se le había reconocido (no podía ser de
otra manera, porque la verdad es que los tres cargamos con genes
idénticos; somos gotas de agua).
Cuando
no teníamos toros, dormitaba en un sillón en casa, mientras me
enseñaba a jugar al mus. Cuando fui mayor entendí lo que es “jugar
sin cartas”. Mi abuelo Vicente siempre me ganaba, sin verlas,
cortando el mus desde el inicio, y solo mirándome.
¡Ay!
Si esa inteligencia la hubiera utilizado de otra forma. Con orígenes
humildes, habría sido capaz de dirigir una multinacional. Tenía dos
virtudes: inagotable capacidad de trabajo y una enorme ambición.
Pero no vivió en el momento idóneo ni con la mejor actitud.
Pero
quiero dejar claro lo maravillosos que eran, lo muchísimo que
aprendí de ellos, y mi orgullo al presumir de haber tenido tres
abuelos ¡A CUAL MEJOR! Y de lo que pone en mi partida de bautismo:
Guillermo Arturo Vicente Ramón.
lunes, 4 de junio de 2012
A mi nieta Naira
Érase una vez un príncipe
que decidió pasear...
y se fue por el bosque
cantando una canción
como iba sólo, no podía imaginar
que tomaría parte
de una maravillosa
historia de amor.
Él era un príncipe azul
no creais que me lo invento...
que se sentó para ver el río
junto a la orilla y vio salir del agua
una rana, si bien recuerdo,
era de color verde,
Con grandes ojos azules, que lo miraban
y la pobre ranita,
casi llorando así le decía:
"¡Ay! Dame un beso, por favor que igual que tú igual soy yo".
Un día una bruja
en rana a mí me convirtió
tan sólo tú eres mi salvación.
Si me das un beso se irá
el hechizo y yo seré tuya.
Si no me ayudas siempre rana seré yo,
”maldito sea el encantamiento
que es mi tormento y es mi locura".
Él le limpió sus ojos y le dio un beso
y la ranita se convirtió en princesa.
Los dos se enamoraron en un momento,
fueron muy felices juntos en su reino... y
comieron perdices como en todos los cuentos.
Cierro entonces el libro
y mi nieta… ya descansa
y cuando la voy a besar
os juro que yo me siento
el príncipe azul de mi casa.
que decidió pasear...
y se fue por el bosque
cantando una canción
como iba sólo, no podía imaginar
que tomaría parte
de una maravillosa
historia de amor.
Él era un príncipe azul
no creais que me lo invento...
que se sentó para ver el río
junto a la orilla y vio salir del agua
una rana, si bien recuerdo,
era de color verde,
Con grandes ojos azules, que lo miraban
y la pobre ranita,
casi llorando así le decía:
"¡Ay! Dame un beso, por favor que igual que tú igual soy yo".
Un día una bruja
en rana a mí me convirtió
tan sólo tú eres mi salvación.
Si me das un beso se irá
el hechizo y yo seré tuya.
Si no me ayudas siempre rana seré yo,
”maldito sea el encantamiento
que es mi tormento y es mi locura".
Él le limpió sus ojos y le dio un beso
y la ranita se convirtió en princesa.
Los dos se enamoraron en un momento,
fueron muy felices juntos en su reino... y
comieron perdices como en todos los cuentos.
Cierro entonces el libro
y mi nieta… ya descansa
y cuando la voy a besar
os juro que yo me siento
el príncipe azul de mi casa.
Por Leandro García Corredera
sábado, 2 de junio de 2012
La alianza de Dora
Cuando era niña, la madre de mi madre vivía con nosotros en casa. Se llamaba Dora. Nosotros la llamábamos Yaya Dora. Yo, como todas las niñas, soñaba con ser princesa, por eso la alianza de boda de mi yaya me atraía muchísimo y me hipnotizaba brillando desde su dedo regordete como un preciado tesoro. Era sencilla, humilde, pero brillaba tanto... Como mi yaya siempre estaba en casa, yo le pedía la alianza una y otra vez. Quería que me la regalase porque pensaba que a ella ya no le hacía ninguna falta; pero la Yaya Dora me respondía invariablemente: "aún no, hijita, cuando me muera te la daré". Para un niño eso de la muerte no es un concepto muy claro y parece extremadamente lejano en el tiempo. Es más, a mí aquello de "cuando me muera" me sonaba igual que lo de "que viene el hombre del saco". Pura fantasía para meterme miedo. Hasta que un día mi abuela se cayó. Fue una caída de estas tontas que a veces sufren los abuelos, pero que son suficientes para partirles la cadera. Aquél día, cuando se la llevaban dolorida al hospital, me dio su alianza de boda antes de salir por la puerta. Yo pensé que si me la daba así, sin pedírsela siquiera, era porque se iba a morir, pero me parecía imposible porque aquello de la muerte seguía siendo un concepto vago y lejano; sin embargo, su intuición no le falló, pues nunca más volvió a casa. Todavía hoy llevo puesta su alianza. Jamás me la quito.
Por Pilar Arnanz
miércoles, 30 de mayo de 2012
Pili, Luci, Bú y otras chicas del ambigú
Pili es
una linda regordeta de pelo rosa, con unos mofletes prominentes igual
que su abuelo. Cierto día, cuando aún no sabía su nombre, recién
llegada a este mundo, su abuelo, que aún no sabía que lo era, la
cogió con sus manos y se la llevó. Poco después Pili llegó a una
casa llena de gente y algarabía, donde todos hablaban a la vez y
comían y reían juntos. Entonces su abuelo la tomó a ella y a la
pequeña Lucía y las enfrentó nariz con nariz.
-Mira
Lucía, ¿te gusta? es para ti -dijo el abuelo a la niña
Lucía,
que era una princesa de casi dos años y en casa de sus Bus tendía a
“despiporrarse” de lo lindo, se desasió de los brazos de su
abuelo y salió corriendo diciendo “zi”, pues hablaba con la
zeta.
- Lucía,
¿cómo se va a llamar?- le pregunta el abuelo. Lucía no responde,
está juguetona y no hace caso a nadie.- Dime ¿cómo se llama?-
repite chillando otra vez por si no ha entendido la pregunta…
Lucía contesta: “¡Pili!”
-¿Pili?-
repite extrañado el Bú, que es como Lucía ha llamado a su abuelo
desde que le hacía pedorretas.
- Zi,
Pili- y se ríe arrugando la nariz.
En ese
momento Pili fue bautizada por Lucía y adoptada oficialmente por su
abuelo para siempre.
Pili
adora a ese abuelo que la salvó de la estantería y le dio un hogar
tan divertido y feliz. Muchas veces se ha quedado a dormir en casa de
los Bus y ha disfrutado de las socarronerías de aquel grandullón
comedor de bombones de licor, mientras Lucía le mordía el dedo
gordo del pie a mansalva. Pili tiene todos los dedos comidos y
escucha divertida decir a su abuelo cuando Lucía le quita el
vestido: “¡Ah! una mujer desnuda, fuera de mi vista!”. Es que
su abuelo es un cachondo.
También
a veces se enfada y le dice a la Bú “¡en esta casa hay un agujero
negro donde todo se pierde!”. Por eso Pili no se despega de Lucía,
no vaya a caer en uno de esos agujeros del abuelo.
-
Nuchita, ¡esa niña huele mal!
- ¿Te
has hecho já?- le pregunta la Bú a Lucía , porque Pili es muy
limpia y nunca se hace ni pis, ni pos.
A veces
Lucía lleva a Pili colgando de los pies y ella, con su mirada fija,
suplica al Bú que la coja, pero él está muy interesado viendo los
toros, sentado cabeza abajo en su sillón con el puro y la copa de
pacharán.
- ¡Prrrrrrrffffff! ¡Rocío quita a esa niña de en medio que es
igualita que Bienvenida!- le dice a su hija pequeña, que le saca
dos cuartas a Lucía y tres a Pili.
Pili y
Lucía ríen juntas cuando el Bú, con una servilleta, hace un conejo
parlanchín. Han sido muy felices con ese abuelo enorme que apuntaba
para obispo, pero que antes de casarse con la iglesia decidió,
afortunadamente, casarse con la abuela, Bú. Porque Bú y Bú hacen
un tándem abuelil muy cómico y las niñas se lo pasan de rechupete,
pues cuando uno hace, el otro deshace y así sucesivamente.
Por Violeta Abad
lunes, 28 de mayo de 2012
Fresca hierbabuena
Mi abuela Petra tenía un tiesto de
hierbabuena en la cocina. Yo me comía las hojas, me encantaban. Y
aunque se lo pelaba, nunca me regañó.
Mi abuela Petra tenía unos pechos
enormes entre los que escondía una cadena de plata con muchas
medallitas. Me gustaba rebuscar las medallas entre sus pechos tibios.
Su casa, muy pequeña, estaba llena
de tesoros maravillosos. Había un reloj de péndulo colgado en la
pared, que daba las horas, las medias y los cuartos. Cuando me
quedaba a dormir allí oía el sereno y continuo tic-tac, además de
las horas, las medias y los cuartos. Jamás he conseguido dormir tan
plácidamente como en esa casa, arrullada por el reloj.
Algunas veces le traían una especie
de hornacina con una virgen (no recuerdo cuál), que se quedaba allí
varios días y a la que ponía velas. Después la recogía alguien de
la parroquia para llevar a otra casa. Siempre me ha gustado el
misterio de las velas.
En el pasillo había un cuadro de
San Sebastián y otro de Santa Lucía, un poco tétricos; eso no me
gustaba tanto, pero estaba acostumbrada. Tenía también una manta
aterciopelada, cálida y mullida, que era más que suficiente en esa
casa sin calefacción. Y un rosario de palo de rosa que le había
traído mi padre de Roma, y que guardaba junto al primer diente de
leche que se le cayó a su hijo.
Pero lo más atractivo a mis ojos
asombrados era lo que guardaba en el fondo de un cajón del armario:
unos pendientes y un anillo con aguamarinas, regalo de su marido, y
que nunca vi que se pusiera. De hecho, nunca llevaba joyas. Siempre
le pedía que me los enseñara, y me quedaba extasiada ante sus
destellos azules. Me habría dado lo mismo si hubieran sido de
cristal de botella, yo qué sabía… ¡brillaban tanto!
Cuando enviudó yo tenía 10 años.
En su pena contenida, me hizo atisbar mi primera duda existencial.
Pero esa es otra historia.
Mi abuela Petra tenía un corazón
el doble de grande que sus pechos. Nunca, nunca la vi enfadada. En
Navidad, en una juguetería de la calle Atocha, compraba a plazos los
juguetes que con más ilusión habíamos pedido a los Reyes. Los
caprichos que no nos daban en casa, ella los conseguía, a pesar de
sus pocos medios. Era una abuela coraje, como fue una
madre coraje. Un día me puse enferma en su casa, con mucha fiebre, y
me devolvió a mis padres en sus brazos, envuelta en toallas, como un
paquete precioso.
Le gustaba ir al cine con su marido
a menudo, sobre todo por la noche, al Doré o al Monumental, para
luego volver paseando con la fresquita. Y me contaba las películas
que había visto -y que se podían contar, claro-. Así se fue
formando mi universo romántico-cinematográfico, con La muerte
tenía un precio, El Tulipán Negro, Pollyana y otras
muchas que ahora no recuerdo.
Mi abuela Petra un día se fue. A
reunirse con su marido, supongo, que se había ido hacía ya catorce
años y vendría a buscarla con su habitual “Vamos, Petrilla”. Dejó una carta manuscrita, su
testamento de cariño, para todos nosotros. Y ¡oh, sorpresa!, en
ella decía que los pendientes y el anillo de aguamarinas eran para
mí, su nieta mayor. Es el regalo más valioso que he recibido nunca,
el que más me emociona.
También tengo su manta, que abriga
mis noches de invierno. El reloj se perdió, lástima, habría sido
la enseña de mi casa.
Mi abuela Petra sonríe y me abraza
mientras escribo todo esto, lo sé. Como sé que me diría que no
cuente estas tonterías. Pero no le voy a hacer caso.
Por Mª Antonia Macho*
*El abuelo de Miguelito abre sus puertas a las historias de abuelos de sus lectores. Cuéntanos, como Mª Antonia, algo de tu abuelo/a favorito.
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