lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Por qué nunca vemos a los abuelos?


¿Y tu papá cómo se llama? Pregunta mi hija desde su silla de seguridad en el asiento de atrás del coche. Su padre y yo giramos la cabeza al mismo tiempo hacia ella -menos mal que estamos parados en un semáforo-. Mi papá... Guillermo, le digo yo titubeante. Ah! dice ella, como el nene de mi clase. Silencio. Ese silencio breve en el que sabes que va a contraatacar y te preguntas con qué. ¿Y tu mamá? ¡Date! Tenía que salir. Si ya lo sabía yo. Ya son tres años, la niña empieza a entender los parentescos y es normal que se haga preguntas, solo que me ha pillado un poco desprevenida. Toñi, hija, mi mamá se llama Toñi. Yaya Toñi. Silencio. La siguiente pregunta es más que obvia. ¿Y por qué nunca vamos a verles?
Mi hija tiene 5 abuelos: Vicen, Carlos, Toñi, Guillermo y el Yayo Vicente. Pero a tres de ellos no los vamos a visitar nunca. Ella solo conoce a la abuelita y al Yayo. Y no le cuadra nada. En ese breve trayecto en coche del supermercado a casa, le cuento que mis papás, y el papá de papá, se fueron a vivir a una estrella que está muy lejos. Que no podemos visitarles, pero que están ahí y nos miran desde arriba. Que aunque ella no los conozca, ellos sí que la conocen a ella porque nosotros se lo contamos todo: lo mayor que se está haciendo, que ya va al cole, que le gusta mucho pintar y cantar canciones, que se parece mucho al primo Miguel y que no sabemos si tiene los ojos azules o grises. Pero su escasísima tolerancia a la frustración no le permite asumir que viven lejos y no les podemos ver, y ya está. Así que empieza a protestar enérgicamente. ¡Pues yo quiero ir a ver a los abuelos y a la yaya, Jó! Y así todo el camino hasta casa. Le prometo que en cuanto lleguemos voy a enseñarle fotos de los abuelos que no conoce, y con esa promesa parece que se calma un poco.
Ya en casa empiezo a rebuscar fotos impresas de mis padres, lo cual no es tarea fácil. Las familias ya no tenemos álbumes de fotos como antes, costumbre que lamento muchísimo haber perdido. De la yaya Toñi es sencillo, tengo muy a mano una con mi hija recién nacida, de cuando vino a conocerla. Va muy maquillada, como siempre, y se le va notando la edad y el cansancio. Mi hija, de un mes, parece un señor mayor con calva. Verse de bebé junto a su yaya le da un poco de seguridad, y empieza a creerme. De mi padre es más difícil, y curiosamente, encuentro una foto de los años 90 en la que está sujetando un timón y lleva puesta una gorra de capitán de barco -vaya usted a saber porqué-. Viste una camisa de rayas verticales para parecer más delgado a pesar de estar enorme -una manía de mi madre, lo de las rayas-, pantalón claro de verano y mocasines. Sonríe divertido, supongo que ante la broma de estar al mando de un navío. ¡Qué guapo mamá! ¿Era el capitán de un barco? Estoooo... No, hija, trabajaba en un banco, donde guarda la gente el dinerito. Mucho menos épico, la verdad. Ya puestos, pienso que es una pena haber desaprovechado la oportunidad de oro de convertir a mi padre en un lobo de mar... Y mamá, ¿qué perrito es ése? La niña ya ha desviado su atención hacia otra foto en la que también aparece mi padre, pero ella solo ve un cocker canela merodeando entre sus pies. Bien, por fin cambiamos de tema. Ése era mi perro, se llamaba Tucker. Los perritos le encantan. ¿Y dónde está, mamá? ¿Por qué no vive con nosotros? Tierra trágame... ¿Le cuento lo del cielo de los perritos o seguimos con la versión laica de las estrellas? Jesús, qué agotamiento...

viernes, 8 de enero de 2016

El consuelo de Herminia


Por primera vez en cincuenta años Herminia de la Torre no se santiguó al atravesar el portal de su casa. Eran las doce de una mañana sin sol, fría y muy húmeda. Miró al cielo gris y después a sus pies, lamentando haberse puesto los tacones de la comunión de su nieta en lugar de las confortables botas altas que solía llevar cada día. La ventaja de las botas era que podía ahorrarse las medias. A Herminia las medias siempre le picaban mucho, sobre todo cuando sabía que no podría rascarse, como aquel día. Su hija mayor le había pedido encarecidamente que se arreglara para ir al notario, que, literalmente, “se quitara de una vez esa asquerosa bata azul de vieja”.
A ella le encantaba su bata, no tenía ganas de arreglarse y lo único decente que había en su armario era el vestido de la comunión de su nieta. Una agradable túnica de gasa verde pistacho estampada con flores pequeñitas de color turquesa, y unos zapatos de tacón del mismo verde que el vestido. Como colofón, se había puesto el abrigo de piel de nutria que le regaló su marido en el año 75 y que llevó a cortar a la modista veinte años después porque se había quedado anticuado. El resultado era un chaquetón ajado bajo el que asomaba un vestido de entretiempo. En pleno enero. No estaba muy segura de haber logrado el aspecto que su hija le reclamaba para ir al notario.

martes, 22 de diciembre de 2015

Una estrella para la abuela Toñi

Ilustración: Berta García Macho

Miguelito sabe que la abuela no tardará en marcharse. Desde que el abuelo se fue ya no van nunca juntos a merendar tortitas como antes. Primero, porque la abuela se puso muy triste cuando el abuelo se marchó a la estrella en la que ahora vive; y después, porque desde entonces está siempre cansada y cada vez más arrugada. Miguelito sabe que cuando los abuelos se arrugan, se marchan a vivir a una estrella donde pueden hacer lo que más les guste todo el tiempo y, como el aire no pesa en el espacio, no se cansan de caminar porque flotan.

Su abuelo ahora vive en la estrella más brillante del cielo, una que se ve incluso de día si te fijas mucho, y parece que está más cerca que las demás. Miguelito tuvo la suerte de despedirse de él cuando su mamá le dijo que ya tenía comprado el billete de autobús de la Vía Láctea, que es la autopista que va a las estrellas, y le dio un beso muy fuerte y le pidió que no dejara de escribirle y de mandarle postales, porque si no sus amigos del cole no le creerían.

Pero el abuelo nunca escribió ninguna carta hasta que, un día, a la abuela le llegó el paquete con el polvo mágico de estrella. Se asomó una noche al balcón y de repente le cayó encima una cajita de madera que, al abrirla, brillaba tanto que no se la podía mirar directamente. Miguelito no lo vio con sus propios ojos porque estaba durmiendo, pero sabe que fue justo como se lo explicó la abuela.
Hoy mamá le ha dicho que el abuelo ya le ha comprado a la abuela el billete de autobús para marcharse a vivir con él a su estrella. Y tiene que irse ya, porque se acerca la Navidad y es cuando más atascos hay en la Vía Láctea. Como hizo con él, le ha dado un beso muy fuerte y le ha pedido que le envíe una postal desde allí. A partir de ahora estará muy atento cada noche en su balcón, porque está seguro de que, en lugar de postales, la abuela también enviará una cajita con ese polvo mágico de estrella, tan brillante que no se podrá mirar directamente.

En este blog la abuela Toñi ha sido siempre una fuente de inspiración, y aún no sé si este post será una despedida definitiva o un nuevo comienzo para El Abuelo de Miguelito. Todavía no lo he decidido. Pero si queréis saber más de la abuela Toñi, aquí podréis leer una de sus recetas; y en este artículo ver lo fenomenal que escribía aunque nunca se quisiera dar importancia.






martes, 20 de noviembre de 2012

¿Vio usté a mi abuela?


¿Cuál quieres que te ponga? preguntaba él abriendo las puertas de cristal del mueble donde guardaba la cadena de música. El de los payasos, respondía yo cogiendo del estante de los discos -que quedaba a mi altura- el vinilo raído de Los Payasos de la Tele, que antaño había pertenecido a mis hermanos mayores y que entonces ya solo escuchaba yo. Bueno, y él. Mi padre sacaba el disco de la funda y lo colocaba en el tocadiscos mientras yo me ponía de puntillas para verle accionar la aguja automáticamente con un botoncito que se encendía en color naranja. El disco empezaba a girar y, por los grandes altavoces que había sobre el comodín, comenzaba a sonar la inconfundible voz de Miliki. Hola don Pepito, hola Don José, ¿pasó usted ya por casa?... por su casa yo pasé... ¿vio usté a mi abuela?.. a su abuela yo la vi... Adiós Don Pepito... ¡Adiós Don José! Dando vueltas por el salón haciendo volar mi falda cantaba sin parar esa canción. Seguramente sería un sábado o un domingo por la mañana, y seguramente mi madre estaría pasando la aspiradora al otro lado de la casa. Pero no importaba porque los altavoces de la cadena de música eran muy potentes. Era una de las buenas, con amplificador, cinta de cassete, radio, tocadiscos y mil botones y cachivaches plateados, elegantísimos, que él no me dejaba tocar. Había costado un dineral y aún estaba pagándola a plazos. Todavía, entonces, me llevaba al circo en Navidad. Y a mí, todavía, me gustaba el circo. Supongo que él pasó por aquella fase con todos sus hijos, hasta que uno a uno dejamos de acompañarle al circo porque en realidad, tampoco nos gustaba tanto. Pero los payasos de la tele eran otra cosa, y en el circo de los leones estaba Ángel Cristo, pero no estaba Miliki. Y aunque yo no he llegado a conocer la época dorada de los payasos la tele, sí que recuerdo verle en color acompañado de ese payaso mudito que muchos años después acabaría haciendo Médico de Familia.
Pero todo acabó, y más aún tras el fallecimiento de Miliki. Ya no hay payasos como la familia Aragón, eso es cosa de otra época, la analógica, de la que los niños de ahora no conservan nada excepto los recuerdos de sus padres. Y entre esos recuerdos, con suerte, se encuentra ese Hola Don Pepito que continúa siendo infalible para arrancarle a un niño una sonrisa.






viernes, 2 de noviembre de 2012

La invasión del tweed

Señoras en el autobús
Es inevitable. Llega el otoño, caen las hojas, hace frío y el viento despeina los cardados imposibles de las señoras; mientras ellas lo solucionan todo calzándose un abrigo de tweed. Y es que hay modas sempiternas que acompañan a las abuelas allá donde vayan. No sabemos porqué ni porqué no, pero ciertas prendas, complementos y cortes de pelo se repiten en el mundo abuelil como los mini shorts entre las adolescentes. La pregunta es, ¿hasta cuándo perdurará la moda actual de las señoras? ¿Cómo vestiremos la generación que ahora tenemos 30 cuando seamos ancianas? ¿Llevaremos también abrigos de tweed y pelos de peluquería? He aquí una enumeración de prendas y detalles que no pueden faltar en las abuelas más urbanas. Hasta cuándo durará, eso no lo sabemos, la moda es imprevisible.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Compañeras de viaje

Hoy he vuelto a coger el metro para volver a casa a la misma hora que hace una semana, y allí estaban otra vez. La mujer del pelo color naranja y la anciana rusa sentada a su lado, sosteniéndole la mano. El otro día ya me llamó la atención la extraña pareja que forman. La más joven es muy delgada, de mediana edad, aunque viste como una veinteañera, informal y juvenil; y tiene el pelo de un naranja intenso que tampoco concuerda con su edad. Parece que viene de trabajar porque se la ve cansada, lleva zuecos de enfermera y una bolsa de deporte, probablemente con su uniforme dentro.

La anciana habla con un fuerte acento ruso, se cubre la cabeza con un pañuelo y bajo sus faldas asoman dos piececitos en zapatillas de andar por casa. Me recuerda un poco a las abuelas rusas de Eurovisión y fantaseo con la idea de que es una de ellas. En pocos segundos la estoy viendo bailando por el vagón a ritmo de "Party for everybody... Dance, come on and dance..." Me aguanto la risa porque la tengo justo enfrente, aunque no me presta ninguna atención. Ella solo tiene ojos para la mujer del pelo naranja. Le dice, medio en Español, medio en ruso, medio en lenguaje de signos, que le recuerda a su hermana precisamente por el color del cabello. Le acaricia la mano mientras la más joven se deja hacer. Tiene una permanente y cálida sonrisa en la que muestra un diente de oro. La otra se dispone a bajarse ya, pero, antes de levantarse, le dice que la semana siguiente no la verá porque tiene turno de mañana y no viajará en metro a esa hora. No sé si la rusa alcanza a entenderla, pero asiente con la cabeza muchas veces hasta que la mujer se baja del tren. Su mirada se pierde en el infinito mientras continúa sola su trayecto esperando volver a ver a esa chica que le recuerda a su hermana, que estará tan lejos, por el color del cabello.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El barrio viejo

Ese señor del bastón es el que nos arreglaba el calentador a todo el barrio, me dice señalando al anciano inquieto que recorre la sala de punta a punta. Lleva tirantes y camina muy erguido, un poco con cara de susto. A nadie le gusta que le saquen sangre a las 8 de la mañana. Todos parecen cerdos camino al matadero. Imagínatelo con treinta años menos, a ver si te acuerdas de él, venía siempre. Qué pena, está viejísimo. Él y todos los demás, pienso, es ley de vida, el barrio ha envejecido mucho en los últimos años y verlo día a día no debe de ser muy agradable pero, reitero, es ley de vida. Y ella mientras tanto se abanica con el volante del médico y se queja de la espera. Se ha vuelto muy impaciente y lo quiere todo ahora, ya, como una adolescente. Hace un momento ha venido a saludarnos la vecina del primero con su nieta, que ya tendrá 12 años y nos escudriña con unos enormes ojos negros como los de su abuela. Esta es la mayor de Cristina, ha dicho, y yo me he itentado acordar de la última vez que vi a Cristina, que es de la edad de mi hermana, con un carrito de bebé. Ella pone cara de pena, suspira y le explica a la vecina lo del dolor que tiene en el hígado, que se lo están mirando los médicos, que la está matando, que para estar así de mal prefiere morirse. De la depresión no le dice nada.

De vuelta a casa parece que no va a poder caminar pero, alentada por a seguridad de mi brazo, se acelera para que la calle no se le haga tan larga, y comenta apesadumbrada que en los análisis le va a salir de todo. Azúcar alto, colesterol, ácido úrico... Voy  tener de todo, ya verás. Y qué quieres, pienso, con 77 años qué quieres. Y es que no tiene mucho más, pero a ella se le hace un mundo. De la depresión sigue sin decir nada. En el portal nos encontramos a la peluquera, que la anima a bajar a peinarse, Ay hija, si yo pudiera... y en el ascensor coincidimos con la señora del sexto, que nunca he sabido cómo se llama pero que tenía muchos hijos todos ellos muy altos y desgarbados. Nos mira preocupada y le dice que después le hará una visita. No mujer, no te preocupes, si me voy directa a la cama. Y se va, nada más entrar por la puerta. Ya a solas con el silencio de la mañana en este barrio cada vez más envejecido me pregunto qué se siente al perder la ilusión y el interés por todo aquello que te rodea y, sobre todo, si existe una receta mágica para recuperar las ganas de vivir. La respuesta está frente a mí: una funda de cuero con 7 cajitas con los días de la semana escritos en la tapa, divididas en 4 compartimentos cada una, llenas todas ellas de al menos 7 pastillas, todas diferentes. Ésa es la receta mágica. Lo que pasa es que no funciona.

miércoles, 1 de agosto de 2012

¡Con la Tata otra vez no!

Dios te salve María, llena eres de gracia... la Tata susurraba oraciones repetitivas de forma automática una noche más mientras Martita, en la cama de al lado, se tapaba los oídos con fuerza. Tenía miedo. No entendía las palabras de su Tata y lo único que escuchaba era el susurro rítmico de la anciana que dormía junto a ella, boca arriba y con las manos entrelazadas a la altura del pecho. Como un muerto. Martita nunca había visto un muerto de verdad, pero en las películas de terror que veía su hermana,  los vampiros dormían así en sus ataúdes. A ratos sacaba la cabeza de la sábana y la miraba para confirmar que estaba viva, aunque no acertaba a decir si estaría dormida o despierta.

¡No, por favor, con la Tata no! suplicaba cada verano semanas antes de las vacaciones, cuando se asignaban las habitaciones del apartamento. Nunca era el mismo y nunca en el mismo sitio, pero Martita siempre dormía con la Tata. Claro, era la pequeña. Mientras tanto sus hermanas mayores, la novia de su hermano más alguna amiga que se apuntaba a veranear con ellos, compartían la habitación más divertida: la de los colchones en el suelo y las juergas por las noches; la de las confidencias de chicas mayores y los sujetadores tirados en las sillas; la de las maletas abiertas llenas de vestidos preciosos que nadie le prestaba para salir por la noche. Porque a ella nunca la dejaban salir por la noche con las chicas y tenía que conformarse con verlas arreglarse, ayudarles a elegir la ropa, maravillarse cuando se maquillaban y despedirlas en la puerta con la Tata detrás diciendo no volváis muy tarde... Sus padres habrían salido a cenar solos, como tantas noches, y a Martita no le quedaba más remedio que quedarse en el apartamento con la Tata, que le haría una tortillita francesa y se quedaría dormida viendo la tele a un volumen ensordecedor. Más tarde, en la cama, la Tata rezaría el rosario en bajito y Martita se taparía la cabeza con la sábana para no escucharla. Así eran las noches de verano en las que Martita soñaba que se iba al pueblo con las chicas, que bailaba en la dicoteca como los mayores y volvía a casa casi al amanecer, entre risas ahogadas para no despertar a sus padres.

Cuando era más pequeña le encantaba ir a casa de la Tata y quedarse a dormir allí. Era una casa enorme llena de balcones que daban a una calle bulliciosa, y tenía muchos tesoros guardados en pequeños joyeros y cajitas. Le gustaba que su Tata le dejase unas viejas láminas de dibujo de Mickey Mouse para copiar y colorear, que tenía guardadas en una raída carpeta azul. Martita se sentaba en la mesa camilla junto al balcón a pintar durante horas. Sin embargo, ahora que ya tenía 11 años quedarse en casa con la Tata no le divertía en absoluto. Y además, era verano y sus hermanas habían salido. Sabía que si tenía paciencia, en unos años ya sería mayor para salir y dejaría a la Tata sola en casa. Aquello le causaba ciertos remordimentos, pero las ganas de ser mayor podían con ellos. Sólo tenía que esperar cuatro veranos para tener 15 años, como los que tenía su hermana ahora. Cuatro veranos más y cambiaría los rezos de la Tata por la música de la discoteca. Martita se durmió pensando en ello. La Tata aún rezó un Ave María más.

jueves, 26 de julio de 2012

Yo seré tu bastón

Se dirigía calle abajo camino del supermercado, con la actitud tediosa propia de quien no tiene ganas de hacer la compra, cuando se cruzó con ellos. Los dos ancianos presentaban un aspecto mucho más vital que ella a pesar de la edad que les separaba. Volvían precisamente de comprar, y no parecía resultarles nada tediosa aquella actividad. Ella era pequeñita y enjuta, probablemente lo había sido siempre; sin embargo, era fuerte porque soportaba dos pesos distintos. En su mano izquierda llevaba una bolsa llena de verdura de al menos tres kilos; y sobre su hombro derecho se apoyaba todo el peso del cuerpo de su marido, quien se servía de ella como bastón para caminar. Él, por su parte, debía de medir cerca de un metro noventa y la edad no le había encorvado demasiado. Era esbelto, con buena planta. De joven seguro que fue todo un galán, pero ahora le fallaban las piernas como a un viejo Gran Danés.

Al verlos, lo primero que le vino a la cabeza fueron sus propios padres en la época en que aún salían juntos a la calle y él, muy coqueto, se negaba a usar bastón, apoyándose en el hombro de su mujer que tenía la espalda baldada por culpa del peso de su marido. Aunque nunca se quejó y siempre se lo permitió. Le tenía realmente muy consentido. Entonces el pensamiento dio un giro radical y ya no vio a sus padres, sino a sí misma, pequeñita y enjuta, soportando el peso de los más de metro ochenta centímetros de su chico cuando ambos fueran ancianos. Y se dio cuenta de que a su chico quizás le fallarían también las piernas, algún día, como a un viejo Gran Danés, y de que ella, como su madre, permitiría que la usara de bastón sin rechistar. Cuando se giró para volver a mirar a los ancianos, éstos ya doblaban la esquina de la calle. -Pues no iban tan lentos, no- se dijo mientras retomaba el camino al supermercado con el ánimo extrañamente más alegre. Era agradable imaginar una vejez bien acompañada.

¡¡¡FELIZ DÍA DEL ABUELO!!!

jueves, 5 de julio de 2012

El abuelo hurón


Dicen que cada vez que nace alguien en una familia, otro de sus miembros muere (y viceversa), como si la naturaleza quisiera conservar un extraño y macabro equilibrio. Y también dicen que el recién llegado siempre hereda o reencarna los rasgos físicos o la personalidad del fallecido. Parece absurdo, pero si repasas las fechas de nacimientos y muertes más o menos simultáneas en tu familia, puede que te lleves una sorpresa. Agradable o inquietante, depende de cómo lo mires.

A mí me parece que esta teoría no se limita a los bebés, sino que se extiende a las mascotas, que al fin y al cabo, también son miembros de la familia. De hecho, una de mis hijas es clavadita, pero clavadita, a Popi, un perro que tenía su madre (y que casualmente murió justo antes de nacer ella). Es igual de inteligente, de rebelde y de cabezota. Y a veces, igual de perra. Eso sí, al menos ella no rebusca cosas de comer en la basura. O eso creo.

Pero no he venido aquí a hablar de mis hijas, sino de su abuelo Alfonso, que era mi suegro. El abuelo Alfonso era muy culto, muy moderno y muy presumido. Le gustaba vestir como un dandy, oler a perfume de marca, comer cosas ricas y beber buen vino. Esto último puede ser una virtud o un defecto, en función de los centilitros por hora que te bebas. Pero para mí, que lo conocí ya mayor, no era ni una cosa ni otra, siempre fue simplemente una anécdota. Entre otras muchas cosas, el abuelo Alfonso sabía conversar, leía varios periódicos y hablaba siempre en voz baja con su inconfundible acento barcelonés, que nunca perdió. Y eso que vivió en media España: Madrid, San Sebastián, y en tres residencias de ancianos en Canarias, Málaga y Vigo. Porque Alfonso fue un anciano prematuro; convivía con la tercera edad cuando él todavía estaba en la segunda. Cosas de los servicios sociales.

Todos los años, en verano o semana santa, íbamos a Vigo a visitar a Alfonso, para que viera cómo crecían sus nietas. Siempre llegábamos por sorpresa y él se ponía muy contento, porque las adoraba y también porque no solía tener compañía. Si nos dejaban, nos lo llevábamos a comer y a tomar un vino. Como en la residencia se lo tenían prohibido, nos lo agradecía con una sonrisa pícara y se lo bebía muy deprisa, tan rápido que teníamos que pedirle otro.

Alfonso era muy friolero y llevaba jersey incluso en pleno agosto. Tenía unos ojillos muy pequeños y unas gafas de culo de vaso que los hacían parecer siempre acuosos y más grandes de lo que eran. Se movía despacio y sin ruido, y se ahorraba las palabras si podía sustituirlas por una mueca, un gesto con la mano o un discreto codazo lleno de sobreentendidos. Tenía muy mala memoria para algunas cosas, pero para otras su cabeza era prodigiosa. Por ejemplo, yo le pedía a menudo que me enseñara esos trabalenguas tan divertidos que se sabía en catalán y que simulan frases en otros idiomas, como inglés (En un got net no hi pot haver-hi hagut mai vi), chino (Tinc tanta sang que a les cinc tinc son) o incluso latín (Avis murris porten els nuvis amb òmnibus a Gràcia). Conocía muchos diferentes y los recordaba todos a la perfección. Y si mil veces le pedí que los recitara, mil veces los repitió, sin quejarse jamás ni mostrar contrariedad alguna. Le divertía tanto como a mí. Aparte de que le hacía muchísima gracia ver a un madrileño disfrutar como un enano aprendiendo a decir cosas en catalán. Era su lengua y estaba muy orgulloso de ella, pero sólo la utilizaba para hablar con su esposa, María. De la que, por cierto, nunca se separó legalmente, aunque vivieron 25 años cada uno por su lado. Yo creo que siempre la quiso. Era un gran tipo, Alfonso.

Con los años, la salud del abuelo Alfonso se hizo más y más frágil; primero empeoró su vista y tuvo que dejar de leer. Eso acrecentó su tristeza, su soledad y su silencio. Luego flaquearon sus piernas, y caminaba tan despacio que le apodamos “el abuelo tortugo”. De ahí pasó a ocupar una silla de ruedas. Y por último, le amputaron una pierna por encima de la rodilla. Ese año no esperamos al verano para ir a verle.

Cuando llegamos a Vigo, nos preocupaba cómo reaccionarían nuestras hijas, aún pequeñas, al ver que a su abuelo le faltaba un trozo. Temíamos que se asustaran o les diera yu-yu. Bueno, pues ni se fijaron. O si lo hicieron, no le dieron ninguna importancia. África, que era su favorita, le regaló un pequeño peluche de un elefante con la trompa para arriba, como a él le gustaban, porque Alfonso siempre decía que sólo así daban buena suerte. Y Paula le dio dos besos y se comportó con la mayor naturalidad, mientras el abuelo la miraba tan embelesado que empezamos a dudar cuál de las dos era su nieta preferida. Nos lo llevamos a comer a un restaurante con terraza y, cómo no, nos bebimos dos jarras de albariño a la manera de Alfonso: la primera muy rápido, y la segunda tan tranquilos, paladeando el vino. El abuelo no habló mucho, sólo contemplaba a sus nietas orgulloso, asombrado y con una permanente sonrisa. Creo que nunca le había visto tan feliz, y durante tanto tiempo seguido, como aquel día.

Después de comer fuimos a comprarle algunas delicatessen a un centro comercial cercano. Allí había una tienda de animales y, en mitad del escaparate, un cachorro de hurón de dos meses de edad. Nada más verlo supe que África y su madre, que venían detrás empujando la silla del abuelo, se iban a enamorar de él. Y en efecto, un cuarto de hora más tarde, Sultán (así lo bautizó África, con gran acierto) se convirtió en un nuevo miembro de la familia. Alfonso observaba al hurón como hacía con todo lo nuevo: con una mezcla de curiosidad, simpatía y tolerancia. Si le preguntabas qué le parecía aquel animal, simplemente se encogía de hombros y sonreía divertido. Luego volvimos a la residencia, nos despedimos de él, regresamos a Madrid y quince días más tarde, el abuelo Alfonso murió.

Sin embargo, cuando veo los diminutos ojillos de Sultán, que es tan corto de vista como lo era el abuelo, sé que de algún modo sigue aquí. Su alma, o lo que sea, no fue a parar ni al cielo ni al infierno, sino dentro de un mustélido. Sólo así se explica que exista un hurón tan sibarita, tan listo y tan discreto, el muy sinvergüenza, siempre con esa actitud resignada y esa cara de no haber roto nunca un plato. Hay tanto de Alfonso en Sultán… Como él, es un ser silencioso y reservado. Tampoco soporta el frío. Le encanta salir a la calle, aunque enseguida se cansa de andar y prefiere que le lleven. Ignoro si además entiende el catalán, pero en su carné de mascota pone que nació en un pueblo de Lleida, así que tampoco me extrañaría. Ya sé, puede que todo esto no sean más que un puñado de coincidencias, pero a veces me pregunto qué extraña y poderosa razón nos impulsó a comprar un hurón precisamente en Vigo, a 500 km de nuestra casa, en compañía de Alfonso, y justo el último día que lo vimos con vida.

No sé cuál es la respuesta, pero os juro que cada vez que Sultán me mira y alarga el cuello esperando una chuche o una galletita, yo no veo a un hurón. Sólo veo la expresión cómplice y traviesa del abuelo Alfonso, pidiéndome sin hablar que le sirva un poco más de vino.

Por Alberto Macho


miércoles, 4 de julio de 2012

Un abuelo ye-yé

Me gustaría contaros la historia de mis abuelos, para que mis hijas y nietas sepan que lo de ser "moderno" y "liberal" no es un invento del siglo XXI. Mis abuelos paternos se llamaban Camilo y Gloria. Él trabajaba en la conocida farmacia Gayoso, sita en la madrileña Puerta del Sol, que aún hoy continúa abierta bajo el nombre de Farmacia Arenal. Si os fijáis en la foto del recorte que acompaña este texto, mi abuelo Camilo es el de la izquierda, con barba; mientras que el hombre de bigote que le acompaña y mira a la cámara es su gran amigo Julián, un rico constructor de la época que se pasaba la vida en los bares y al que precedía una fama de "borrachín" conocida hasta en los periódicos -de hecho, el artículo hace una sutil referencia a su nariz roja y su gusto por el vino-. Camilo y Julián se "casaron" con dos hermanas, lo que convierte al segundo en mi tío abuelo. Nótese que la palabra "casaron" la he puesto entre comillas no por casualidad.

El abuelo Camilo era, como puede apreciarse en la fotografía, un señorito de la época, un niño pijo, para entendernos; con muy buena planta, iba siempre hecho un pincel. La abuela Gloria, por el contrario, era más bien gordita y de escasa estatura y, aunque fueron una pareja muy bien avenida y tuvieron cinco hijos, nunca les vi juntos por la calle, y eso que Camilo no debía de parar mucho en casa.

Mi abuela falleció antes, y Camilo vivió hasta los 90 años, muriendo poco después de nacer mi hija mayor, allá por los años cincuenta. Es decir, que el recorte del periódico que veis aqui y que aún conservo es, posiblemente, de 1885 o 1890, de lo cuál da cuenta el estilo narrativo del articulista, tremendamente galdosiano.

Fallecido mi abuelo y su hija soltera Milagros, que vivía con él, nos llamó el abogado para formalizar la herencia del piso. Y cuál fue mi sorpresa cuando el letrado nos dice muy serio a mi marido y a mí: "¿sabéis que tus abuelos Camilo y Gloria no estaban casados?" Resultaba que nadie, ni siquiera sus cinco hijos, supieron nunca tamaño secreto. Es decir, que serían lo que llaman ahora "arrejuntarse", porque sin papeles de por medio, ¡ni pareja de hecho eran siquiera!

Por Mª Antonia Ronco Muñoz

miércoles, 6 de junio de 2012

Mis tres abuelos

Ante todo, tengo que aclarar el título, para no entrar en cábalas maquiavélicas ni elucubraciones extrañas. Mi abuela paterna biológica murió a los pocos días de nacer mi padre, por estas cosas de falta de asepsia y extensión de infecciones que existían en los años 30.

Ante esta situación, una de sus hermanas, que no tenía hijos, se hizo cargo del gordito bebé, asumiendo totalmente su papel de madre, y años después el de abuela de todos nosotros. En sintonía total, su marido pasó a ser el abuelo y padre de mi padre.

Por tanto, cuando tuve uso de razón (¡menudo término!), de pronto me di cuenta de que tenía tres abuelos, y no dos como todos mis amigos. Os soy sincero, no sólo no me preocupaba ni me planteé jamás el porqué. Era una situación de distinción, que lo único que podía traer eran ventajas...

Mi infancia fue dirigida por tres caminos diferentes, que jamás se unían ni se acercaban. Mis abuelos, todos ellos, actuaban de la misma forma: me mostraban su mundo, cómo eran ellos, cómo se comportaban, sin mencionar ni una sola vez a sus congéneres. Así eran de chulos y de sobrados los tres.
Voy a resumir lo que yo, como nieto desobediente y caprichoso (pero nunca mimado) captaba de cada uno:

  • ARTURO (o Don Arturo habitualmente, o Arturito en algunos círculos... el NINO para sus nietos)
Modelo ejemplar de lo que son las relaciones sociales; imagen impecable, cortesía extrema, educación sin límites, jamás una voz más alta, impensable ningún tipo de violencia, la tolerancia personificada. No hacía una concesión si no estabas dispuesto a recibirla. Todo su agradecimiento lo expresaba con los ojos o con su sonrisa retenida, nunca con la palabra.
Por sus profesiones y vocaciones, que no tenían nada que ver, era muy querido en los ambientes taurinos, flamencos y golfos de la época, tanto como en los quirúrgicos y hospitalarios. Cosas de su carácter...
Con los años he concluido que se debía a su “saber flotar”, tanto en términos políticos, como sociales, como familiares. Era un maestro en el arte de no dar motivos.

  • RAMÓN (el LALO para sus nietos)
Un auténtico “currante”; trabajador en todo lo referente a curtidos y pieles en la tienda de La Fuentecilla, una de las personas más serias, formales y estrictas que he conocido, sin que eso le aportara más gravedad de la necesaria. De hecho, murió de cirrosis, y no era el chocolate lo que le gustaba... Su cumplimiento con el trabajo y con su mujer, de la que estaba profundamente enamorado, era mayor que la necesidad de salirse de la trazada. Permanentemente hablaba de cómo se deben hacer las cosas, pero dirigiéndose a la humanidad, no a su nieto. Era un filósofo, y comediante, capaz de imitar las voces de los Reyes Magos, de sus pajes, y hasta de los camellos, cada 5 de enero, haciéndonos creer que estaban todos allí, en el comedor de casa. Para darle más verosimilitud, él mismo se bebía y se comía el anís y las pastas que habíamos puesto los niños. Un encanto, desinteresado y feliz.

  • VICENTE (el ABUELO VICENTE para sus nietos)
Absolutamente independiente, interesado, desconfiado, malpensado, siempre cuantificándolo todo, y seguramente tan solo desde que murió su mujer, que nunca supo salir de ese agujero de soledad. Era muy borde, y muy distante, pero, si te fijabas bien, muy a menudo le corrían lágrimas por las mejillas, especialmente con nosotros. Los pequeños le preguntábamos qué te pasa, y siempre decía que se le había metido algo en el ojo. Años después, me di cuenta de que todo era emoción, y que, reconociendo que él no había participado directamente, era feliz entre su familia, aunque no lo verbalizó jamás.
Claro, eso cuando le apetecía venir, porque solo se apuntaba algunos domingos a comer y cuando había entradas para los toros. Esos días íbamos con él mi padre y yo y siempre hacía la misma broma al entrar a la plaza: le pedía las entradas a mi padre, y se las daba al de la puerta diciendo:

- Toma, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

El de la puerta cortaba el pico con una sonrisa, que le devolvía mi abuelo... y ya era igual lo que hicieran los toreros esa tarde. El había ocupado su lugar, y se le había reconocido (no podía ser de otra manera, porque la verdad es que los tres cargamos con genes idénticos; somos gotas de agua).
Cuando no teníamos toros, dormitaba en un sillón en casa, mientras me enseñaba a jugar al mus. Cuando fui mayor entendí lo que es “jugar sin cartas”. Mi abuelo Vicente siempre me ganaba, sin verlas, cortando el mus desde el inicio, y solo mirándome.
¡Ay! Si esa inteligencia la hubiera utilizado de otra forma. Con orígenes humildes, habría sido capaz de dirigir una multinacional. Tenía dos virtudes: inagotable capacidad de trabajo y una enorme ambición. Pero no vivió en el momento idóneo ni con la mejor actitud.

Pero quiero dejar claro lo maravillosos que eran, lo muchísimo que aprendí de ellos, y mi orgullo al presumir de haber tenido tres abuelos ¡A CUAL MEJOR! Y de lo que pone en mi partida de bautismo: Guillermo Arturo Vicente Ramón.

Por Guillermo Macho

lunes, 4 de junio de 2012

A mi nieta Naira


Érase una vez un príncipe
que decidió pasear...
y se fue por el bosque
cantando una canción
como iba sólo, no podía imaginar
que tomaría parte
de una maravillosa
historia de amor.
Él era un príncipe azul
no creais que me lo invento...
que se sentó para ver el río
junto a la orilla y vio salir del agua
una rana, si bien recuerdo,
era de color verde,
Con grandes ojos azules, que lo miraban
y la pobre ranita,
casi llorando así le decía:
"¡Ay! Dame un beso, por favor que igual que tú igual soy yo".
Un día una bruja
en rana a mí me convirtió
tan sólo tú eres mi salvación.
Si me das un beso se irá
el hechizo y yo seré tuya.
Si no me ayudas siempre rana seré yo,
”maldito sea el encantamiento
que es mi tormento y es mi locura".
Él le limpió sus ojos y le dio un beso
y la ranita se convirtió en princesa.
Los dos se enamoraron en un momento,
fueron muy felices juntos en su reino... y
comieron perdices como en todos los cuentos.

Cierro entonces el libro
y mi nieta… ya descansa
y cuando la voy a besar
os juro que yo me siento
el príncipe azul de mi casa.

Por Leandro García Corredera


sábado, 2 de junio de 2012

La alianza de Dora


Cuando era niña, la madre de mi madre vivía con nosotros en casa. Se llamaba Dora. Nosotros la llamábamos Yaya Dora. Yo, como todas las niñas, soñaba con ser princesa, por eso la alianza de boda de mi yaya me atraía muchísimo y me hipnotizaba brillando desde su dedo regordete como un preciado tesoro. Era sencilla, humilde, pero brillaba tanto... Como mi yaya siempre estaba en casa, yo le pedía la alianza una y otra vez. Quería que me la regalase porque pensaba que a ella ya no le hacía ninguna falta; pero la Yaya Dora me respondía invariablemente: "aún no, hijita, cuando me muera te la daré". Para un niño eso de la muerte no es un concepto muy claro y parece extremadamente lejano en el tiempo. Es más, a mí aquello de "cuando me muera" me sonaba igual que lo de "que viene el hombre del saco". Pura fantasía para meterme miedo. Hasta que un día mi abuela se cayó. Fue una caída de estas tontas que a veces sufren los abuelos, pero que son suficientes para partirles la cadera. Aquél día, cuando se la llevaban dolorida al hospital, me dio su alianza de boda antes de salir por la puerta. Yo pensé que si me la daba así, sin pedírsela siquiera, era porque se iba a morir, pero me parecía imposible porque aquello de la muerte seguía siendo un concepto vago y lejano; sin embargo, su intuición no le falló, pues nunca más volvió a casa. Todavía hoy llevo puesta su alianza. Jamás me la quito.

Por Pilar Arnanz

miércoles, 30 de mayo de 2012

Pili, Luci, Bú y otras chicas del ambigú


Pili es una linda regordeta de pelo rosa, con unos mofletes prominentes igual que su abuelo. Cierto día, cuando aún no sabía su nombre, recién llegada a este mundo, su abuelo, que aún no sabía que lo era, la cogió con sus manos y se la llevó. Poco después Pili llegó a una casa llena de gente y algarabía, donde todos hablaban a la vez y comían y reían juntos. Entonces su abuelo la tomó a ella y a la pequeña Lucía y las enfrentó nariz con nariz.
-Mira Lucía, ¿te gusta? es para ti -dijo el abuelo a la niña
Lucía, que era una princesa de casi dos años y en casa de sus Bus tendía a “despiporrarse” de lo lindo, se desasió de los brazos de su abuelo y salió corriendo diciendo “zi”, pues hablaba con la zeta.
- Lucía, ¿cómo se va a llamar?- le pregunta el abuelo. Lucía no responde, está juguetona y no hace caso a nadie.- Dime ¿cómo se llama?- repite chillando otra vez por si no ha entendido la pregunta… Lucía contesta: “¡Pili!”
-¿Pili?- repite extrañado el Bú, que es como Lucía ha llamado a su abuelo desde que le hacía pedorretas.
- Zi, Pili- y se ríe arrugando la nariz.
En ese momento Pili fue bautizada por Lucía y adoptada oficialmente por su abuelo para siempre.
Pili adora a ese abuelo que la salvó de la estantería y le dio un hogar tan divertido y feliz. Muchas veces se ha quedado a dormir en casa de los Bus y ha disfrutado de las socarronerías de aquel grandullón comedor de bombones de licor, mientras Lucía le mordía el dedo gordo del pie a mansalva. Pili tiene todos los dedos comidos y escucha divertida decir a su abuelo cuando Lucía le quita el vestido: “¡Ah! una mujer desnuda, fuera de mi vista!”. Es que su abuelo es un cachondo.
También a veces se enfada y le dice a la Bú “¡en esta casa hay un agujero negro donde todo se pierde!”. Por eso Pili no se despega de Lucía, no vaya a caer en uno de esos agujeros del abuelo.
- Nuchita, ¡esa niña huele mal!
- ¿Te has hecho já?- le pregunta la Bú a Lucía , porque Pili es muy limpia y nunca se hace ni pis, ni pos.
A veces Lucía lleva a Pili colgando de los pies y ella, con su mirada fija, suplica al Bú que la coja, pero él está muy interesado viendo los toros, sentado cabeza abajo en su sillón con el puro y la copa de pacharán.
- ¡Prrrrrrrffffff! ¡Rocío quita a esa niña de en medio que es igualita que Bienvenida!- le dice a su hija pequeña, que le saca dos cuartas a Lucía y tres a Pili.
Pili y Lucía ríen juntas cuando el Bú, con una servilleta, hace un conejo parlanchín. Han sido muy felices con ese abuelo enorme que apuntaba para obispo, pero que antes de casarse con la iglesia decidió, afortunadamente, casarse con la abuela, Bú. Porque Bú y Bú hacen un tándem abuelil muy cómico y las niñas se lo pasan de rechupete, pues cuando uno hace, el otro deshace y así sucesivamente.
Por Violeta Abad








lunes, 28 de mayo de 2012

Fresca hierbabuena



Mi abuela Petra tenía un tiesto de hierbabuena en la cocina. Yo me comía las hojas, me encantaban. Y aunque se lo pelaba, nunca me regañó.
Mi abuela Petra tenía unos pechos enormes entre los que escondía una cadena de plata con muchas medallitas. Me gustaba rebuscar las medallas entre sus pechos tibios.
Su casa, muy pequeña, estaba llena de tesoros maravillosos. Había un reloj de péndulo colgado en la pared, que daba las horas, las medias y los cuartos. Cuando me quedaba a dormir allí oía el sereno y continuo tic-tac, además de las horas, las medias y los cuartos. Jamás he conseguido dormir tan plácidamente como en esa casa, arrullada por el reloj.
Algunas veces le traían una especie de hornacina con una virgen (no recuerdo cuál), que se quedaba allí varios días y a la que ponía velas. Después la recogía alguien de la parroquia para llevar a otra casa. Siempre me ha gustado el misterio de las velas.
En el pasillo había un cuadro de San Sebastián y otro de Santa Lucía, un poco tétricos; eso no me gustaba tanto, pero estaba acostumbrada. Tenía también una manta aterciopelada, cálida y mullida, que era más que suficiente en esa casa sin calefacción. Y un rosario de palo de rosa que le había traído mi padre de Roma, y que guardaba junto al primer diente de leche que se le cayó a su hijo.
Pero lo más atractivo a mis ojos asombrados era lo que guardaba en el fondo de un cajón del armario: unos pendientes y un anillo con aguamarinas, regalo de su marido, y que nunca vi que se pusiera. De hecho, nunca llevaba joyas. Siempre le pedía que me los enseñara, y me quedaba extasiada ante sus destellos azules. Me habría dado lo mismo si hubieran sido de cristal de botella, yo qué sabía… ¡brillaban tanto!
Cuando enviudó yo tenía 10 años. En su pena contenida, me hizo atisbar mi primera duda existencial. Pero esa es otra historia.
Mi abuela Petra tenía un corazón el doble de grande que sus pechos. Nunca, nunca la vi enfadada. En Navidad, en una juguetería de la calle Atocha, compraba a plazos los juguetes que con más ilusión habíamos pedido a los Reyes. Los caprichos que no nos daban en casa, ella los conseguía, a pesar de sus pocos medios. Era una abuela coraje, como fue una madre coraje. Un día me puse enferma en su casa, con mucha fiebre, y me devolvió a mis padres en sus brazos, envuelta en toallas, como un paquete precioso.
Le gustaba ir al cine con su marido a menudo, sobre todo por la noche, al Doré o al Monumental, para luego volver paseando con la fresquita. Y me contaba las películas que había visto -y que se podían contar, claro-. Así se fue formando mi universo romántico-cinematográfico, con La muerte tenía un precio, El Tulipán Negro, Pollyana y otras muchas que ahora no recuerdo.
Mi abuela Petra un día se fue. A reunirse con su marido, supongo, que se había ido hacía ya catorce años y vendría a buscarla con su habitual “Vamos, Petrilla”. Dejó una carta manuscrita, su testamento de cariño, para todos nosotros. Y ¡oh, sorpresa!, en ella decía que los pendientes y el anillo de aguamarinas eran para mí, su nieta mayor. Es el regalo más valioso que he recibido nunca, el que más me emociona.
También tengo su manta, que abriga mis noches de invierno. El reloj se perdió, lástima, habría sido la enseña de mi casa.
Mi abuela Petra sonríe y me abraza mientras escribo todo esto, lo sé. Como sé que me diría que no cuente estas tonterías. Pero no le voy a hacer caso.
Por Mª Antonia Macho*
*El abuelo de Miguelito abre sus puertas a las historias de abuelos de sus lectores. Cuéntanos, como Mª Antonia, algo de tu abuelo/a favorito.



martes, 22 de mayo de 2012

La abuela cumple 100 años


A veces no hace falta ser Miguel Ángel para ganarse un huequito en la Historia. A veces, la longevidad -el artista murió con casi noventa años- no es patrimonio de mentes y espíritus elevados. O sí. Tan elevados como el espíritu de una mujer que acaba de cumplir 100 años en Zamora, donde se fue a vivir desde su Tábara natal recién casada con su marido, del que enviudó recientemente. Podía haber sido una chica independiente, trabajadora en plena II República, representando un tipo de mujer adelantada a su tiempo. Podría haber acabado en el Partido Comunista, ser miliciana y exiliarse a Francia en la posguerra. Podría haber sido muchas de estas cosas si la vista no le hubiera fallado desde joven, lo que le hizo abandonar su profesión de telegrafista, oposición que había sacado adelante con todo su esfuerzo. Sin embargo, no por ello debemos pensar que no es nadie. Todo lo contrario. 14 hijos tuvo y los 11 que sobrevivieron son la prueba fehaciente de que fue y es alguien muy importante en sus vidas y en una historia, la suya, irrepetible. Porque en los pueblos de España hay historias así, de mujeres capaces de cocinar 11 tortillas de patata, 11 barras de pan, sendos pimientos fritos, chorizo y queso para que su prole pasara inolvidables domingos en el "pinar". Y es que sin esa mujer las vidas y los recuerdos de sus hijos, nietos y bisnietos, que ahora celebran sus sorprendentemente cabales 100 añazos, no serían lo mismo. A veces, no hace falta ser Miguel Ángel para ganarse un huequito en la Historia, basta con ser de Tábara, vivir muchos años y tener la memoria intacta para transmitir aquello que se ha vivido, para que nunca se pierda.


miércoles, 9 de mayo de 2012

¿Puedo tomar una stout?

Maurice Ready tiene dos hijos. Uno de ellos está casado y es padre de dos niñas; el otro, como ocurre en muchas familias irlandesas, es sacerdote. Ambos se turnan para visitarle en la residencia dos veces por semana cada uno, lo que lo convierte en uno de los ancianos más visitados. El que no es sacerdote se llama Maurice, como su padre, y viene una tarde entre semana, solo, y el sábado por la mañana con toda la familia. Sus hijas son dos angelitos rubios cuyas risas y juegos inundan de alegría toda la planta y ponen patas arriba la monótona existencia del resto de los residentes, tropezando con sillas de ruedas, escondiéndose detrás de andadores y tirando por los aires las bandejas de comida provenientes de la cocina. Es delicioso ver la sonrisa que se le pone a su abuelo cuando las ve aparecer por el pasillo y, lo mejor de todo, que le dura todo el día y hasta se va a dormir con ella puesta.
Damien es el hijo sacerdote de Maurice Ready. Nunca viene el fin de semana, tiene que dar misa. Él prefiere los lunes y los miércoles, a última hora de la tarde, a tiempo para acompañar a su padre en la cena, y darle el capricho de permitir que se beba una botella de cerveza negra bien fría que le trae escondida en el abrigo. Por supuesto, si le viera alguna de las monjas de la residencia se la quitaría ipso facto, no se permiten esos vicios bajo su techo, y mucho menos si están contraindicados con las medicinas que toma el anciano. Sin embargo, esto a Damien no le importa porque sabe que su padre espera la cerveza como el acontecimiento más placentero de la semana, junto a ver a sus nietas correr y revolverlo todo. Sin estas pequeñas cosas la cabeza hace mucho tiempo que habría dejado de funcionarle. Pero el caso es que le funciona muy bien. Hoy es uno de los días que no tiene visita y soy yo quien le hace compañía mientras cena e, incluso, le doy algún trozo de salchicha con el tenedor como si fuera un niño pequeño. No suele tener problemas para comer solo, pero algunas noches está especialmente torpe, ralentizado, y es mejor darle de cenar porque si no se acaba quedando dormido sobre el plato. Maurice me pregunta a qué se dedica mi padre. Es jubilado, le digo. Ya, pero antes, ¿qué era?, me vuelve a peguntar. Era empleado de banca, contesto. De repente, un destello de luz cruza momentáneamente sus pupilas que, ensanchándose, me sonríen. Entonces me empieza a contar que él trabajó toda su vida en el Bank of Ireland, que entró de botones muy joven y fue ascendiendo, y que era el mejor trabajo del mundo. ¿Mañana viene Damien?, cambia de tema. Supongo, porque es miércoles y no ha llamado para decir que no venía - Damien siempre avisa-, le digo. ¿Puedo tomar una stout*?, pregunta refiriéndose a una cerveza negra. No, mañana, respondo. Y sin mediar palabra cierra los ojos sonriendo de nuevo, haciéndome saber que tanto la conversación como la cena han terminado para él. Recojo la bandeja, le limpio la boca y le acomodo las almohadas antes de arroparle. Tras correr las cortinas y apagar la luz, me voy sin hacer ruido y, cuando ya estoy en la puerta, oigo a Maurice Ready decir a mi espalda: Que Dios bendiga a tu padre, salúdale de mi parte cuando le veas.

*Stout es el nombre que recibe en inglés la variedad de cerveza negra. Lager y Ale son las otras dos variedades: rubia y tostada, respectivamente.

viernes, 27 de abril de 2012

El encuadernador

 Imagen: Mediossociales

Hace mucho que no le veo. La última vez que se acercó por la oficina nadie le compró ni una sola libreta. La Navidad acababa de pasar y todos nos habíamos llevado un arsenal de libretitas para regalar a nuestros familiares. No eran especialemnte bonitas, eran pequeñas, carecían de cubiertas, sólo tenían una contraportada forrada de algún tipo de piel falsa, a veces marrón, otras verde o azul marino. Iban cosidas por arriba con una franja de tela y las hojas -todo un detalle- llevaban microperforado. Libretas simples para tener en casa a mano, apuntar un teléfono o la lista de la compra. Nada del otro mundo. El anciano que las vendía había trabajado toda su vida en un taller de encuadernación, de esos que existían en el siglo pasado, de esos que ya no quedan. Recuerdo uno en mi barrio, mi padre solía llevar a encuadernar allí las colecciones por fascículos que hacía con el periódico: Atlas de España, Atlas de Europa, Libro de Efemérides... en casa había varios. El taller no tenía ventanas que dieran a la fachada, sólo una puerta negra y un letrero sobre la pared blanca:"Encuadernación". 
Desconozco en qué taller trabajó toda su vida el anciano de las libretas, pero lo cierto es que ya no existía. El hombre parecía bastante mayor, no es que estuviera cascado, no. Era realmente mayor y, además, la cabeza no le funcionaba del todo bien. Sí para hacer las cuentas de lo que vendía y darte las vueltas, pero no para todo lo demás. Empezó viniendo una vez al mes, pero últimamente ya era una vez a la semana. Como nos daba mucha pena, casi siempre le comprábamos una libreta -por eso y porque sólo costaban un euro-, hasta el punto de que llegué a tener cinco libretas sin empezar sobre mi mesa. Portaba una mochila escolar y se recorría todas las oficinas del barrio, entregando su tarjeta -una fotocopia de 3x3 cm.- escrita a mano en la que se leía: Antonio González, Encuadernador. Se encuadernan y reparan todo tipo de libros. Y acontinuación, un teléfono fijo. Su aspecto era pobre, solía llevar la misma chaqueta raída, pantalón de lana y unas zapatillas de deporte que parecían heredadas. Andaba un poco encorvado, usaba unas gafas de culo de vaso muy anticuadas y siempre llevaba el pelo blanco peinado con raya a un lado. Era aseado, eso sí. Pero siempre contaba la misma historia: que estaba jubilado, que era viudo, que cobraba una pensión muy pequeña, que lo hacía todo él artesanalmente y que la cosa estaba muy mal. Siempre lo mismo. Algunas veces, si hacía poco que le habíamos visto y estábamos muy ocupados en la oficina, cuando llamaba al timbre fingíamos no estar y no le abríamos la puerta, para después retorcernos de remordimientos el resto del día.
Hace tiempo que no le veo y ya no trabajo en esa oficina, pero de vez en cuando me pregunto qué será de su vida, si seguirá encorvándose sobre una mesa a la luz de un flexo para fabricar esas libretas irregulares, cortadas con mal pulso y no demasiado bonitas; y, sobre todo, cómo viviría con esa pequeña pensión y los pocos euros que les sacase a las libretas.


viernes, 13 de abril de 2012

Viejos y abuelos

Foto: Pequesymas

En la biblioteca, hoy hay varios abuelos con sus nietos. Los niños tienen una semana de vacaciones por Pascua y los padres, evidentemente, no. Esto obliga a hordas de abuelitos más que cansados de hacer de "padres" postizos a sacar a los críos para que se entretengan. Me llama la atención especialmente uno cuyo nieto está algo crecidito. Rondará los once años, el niño. El abuelo claramente supera los ochenta. Las manchas oscuras en su calva y esa camisa de franela a cuadros por dentro de un pantalón de pana con la cintura a la altura del sobaco no dejan lugar a dudas: es un hombre de campo bastante mayor. Y además, valenciano-parlante. Un hombre de campo, claramente. Da cabezadas sobre la mesa mientras su nieto estudia o hace los deberes. Es curioso porque a esa edad yo iba sola a la biblioteca siempre que quería, pero los padres de ahora son más protectores que los de mi generación. La calle es más peligrosa, los niños menos inocentes... un niño de once años no puede cruzar dos calles para ir a estudiar a la biblioteca municipal a las 12 de la mañana. O eso parece. Y para que no le atraquen o le ofrezcan droga por la calle, lleva de guardaespaldas a su abuelo octogenario que se aburre como una ostra en la sala de lectura infantil. Y sin saber porqué, me pongo triste. Me apena que los abuelos sean tan mayores, porque recuerdo a los abuelos de mi época con mucha más vitalidad y alegría en el cuerpo, probablemente debido a que tenían diez años menos que los de ahora. porque las madres también tenían diez años menos que las de ahora. Mientras tanto, el niño ha recogido sus libros y se dirige hacia la puerta pegando saltos, en tanto su abuelo se pone la chaqueta y la boina de lana con parsimonia y, meticulosamente, coloca todas las sillas de la mesa antes de salir. El nieto hace ya un par de minutos que está en la calle arriesgándose a ser secuestrado por cualquier desalmado. Hay que ver cómo han cambiado los tiempos.