viernes, 8 de enero de 2016

El consuelo de Herminia


Por primera vez en cincuenta años Herminia de la Torre no se santiguó al atravesar el portal de su casa. Eran las doce de una mañana sin sol, fría y muy húmeda. Miró al cielo gris y después a sus pies, lamentando haberse puesto los tacones de la comunión de su nieta en lugar de las confortables botas altas que solía llevar cada día. La ventaja de las botas era que podía ahorrarse las medias. A Herminia las medias siempre le picaban mucho, sobre todo cuando sabía que no podría rascarse, como aquel día. Su hija mayor le había pedido encarecidamente que se arreglara para ir al notario, que, literalmente, “se quitara de una vez esa asquerosa bata azul de vieja”.
A ella le encantaba su bata, no tenía ganas de arreglarse y lo único decente que había en su armario era el vestido de la comunión de su nieta. Una agradable túnica de gasa verde pistacho estampada con flores pequeñitas de color turquesa, y unos zapatos de tacón del mismo verde que el vestido. Como colofón, se había puesto el abrigo de piel de nutria que le regaló su marido en el año 75 y que llevó a cortar a la modista veinte años después porque se había quedado anticuado. El resultado era un chaquetón ajado bajo el que asomaba un vestido de entretiempo. En pleno enero. No estaba muy segura de haber logrado el aspecto que su hija le reclamaba para ir al notario.

martes, 22 de diciembre de 2015

Una estrella para la abuela Toñi

Ilustración: Berta García Macho

Miguelito sabe que la abuela no tardará en marcharse. Desde que el abuelo se fue ya no van nunca juntos a merendar tortitas como antes. Primero, porque la abuela se puso muy triste cuando el abuelo se marchó a la estrella en la que ahora vive; y después, porque desde entonces está siempre cansada y cada vez más arrugada. Miguelito sabe que cuando los abuelos se arrugan, se marchan a vivir a una estrella donde pueden hacer lo que más les guste todo el tiempo y, como el aire no pesa en el espacio, no se cansan de caminar porque flotan.

Su abuelo ahora vive en la estrella más brillante del cielo, una que se ve incluso de día si te fijas mucho, y parece que está más cerca que las demás. Miguelito tuvo la suerte de despedirse de él cuando su mamá le dijo que ya tenía comprado el billete de autobús de la Vía Láctea, que es la autopista que va a las estrellas, y le dio un beso muy fuerte y le pidió que no dejara de escribirle y de mandarle postales, porque si no sus amigos del cole no le creerían.

Pero el abuelo nunca escribió ninguna carta hasta que, un día, a la abuela le llegó el paquete con el polvo mágico de estrella. Se asomó una noche al balcón y de repente le cayó encima una cajita de madera que, al abrirla, brillaba tanto que no se la podía mirar directamente. Miguelito no lo vio con sus propios ojos porque estaba durmiendo, pero sabe que fue justo como se lo explicó la abuela.
Hoy mamá le ha dicho que el abuelo ya le ha comprado a la abuela el billete de autobús para marcharse a vivir con él a su estrella. Y tiene que irse ya, porque se acerca la Navidad y es cuando más atascos hay en la Vía Láctea. Como hizo con él, le ha dado un beso muy fuerte y le ha pedido que le envíe una postal desde allí. A partir de ahora estará muy atento cada noche en su balcón, porque está seguro de que, en lugar de postales, la abuela también enviará una cajita con ese polvo mágico de estrella, tan brillante que no se podrá mirar directamente.

En este blog la abuela Toñi ha sido siempre una fuente de inspiración, y aún no sé si este post será una despedida definitiva o un nuevo comienzo para El Abuelo de Miguelito. Todavía no lo he decidido. Pero si queréis saber más de la abuela Toñi, aquí podréis leer una de sus recetas; y en este artículo ver lo fenomenal que escribía aunque nunca se quisiera dar importancia.






martes, 20 de noviembre de 2012

¿Vio usté a mi abuela?


¿Cuál quieres que te ponga? preguntaba él abriendo las puertas de cristal del mueble donde guardaba la cadena de música. El de los payasos, respondía yo cogiendo del estante de los discos -que quedaba a mi altura- el vinilo raído de Los Payasos de la Tele, que antaño había pertenecido a mis hermanos mayores y que entonces ya solo escuchaba yo. Bueno, y él. Mi padre sacaba el disco de la funda y lo colocaba en el tocadiscos mientras yo me ponía de puntillas para verle accionar la aguja automáticamente con un botoncito que se encendía en color naranja. El disco empezaba a girar y, por los grandes altavoces que había sobre el comodín, comenzaba a sonar la inconfundible voz de Miliki. Hola don Pepito, hola Don José, ¿pasó usted ya por casa?... por su casa yo pasé... ¿vio usté a mi abuela?.. a su abuela yo la vi... Adiós Don Pepito... ¡Adiós Don José! Dando vueltas por el salón haciendo volar mi falda cantaba sin parar esa canción. Seguramente sería un sábado o un domingo por la mañana, y seguramente mi madre estaría pasando la aspiradora al otro lado de la casa. Pero no importaba porque los altavoces de la cadena de música eran muy potentes. Era una de las buenas, con amplificador, cinta de cassete, radio, tocadiscos y mil botones y cachivaches plateados, elegantísimos, que él no me dejaba tocar. Había costado un dineral y aún estaba pagándola a plazos. Todavía, entonces, me llevaba al circo en Navidad. Y a mí, todavía, me gustaba el circo. Supongo que él pasó por aquella fase con todos sus hijos, hasta que uno a uno dejamos de acompañarle al circo porque en realidad, tampoco nos gustaba tanto. Pero los payasos de la tele eran otra cosa, y en el circo de los leones estaba Ángel Cristo, pero no estaba Miliki. Y aunque yo no he llegado a conocer la época dorada de los payasos la tele, sí que recuerdo verle en color acompañado de ese payaso mudito que muchos años después acabaría haciendo Médico de Familia.
Pero todo acabó, y más aún tras el fallecimiento de Miliki. Ya no hay payasos como la familia Aragón, eso es cosa de otra época, la analógica, de la que los niños de ahora no conservan nada excepto los recuerdos de sus padres. Y entre esos recuerdos, con suerte, se encuentra ese Hola Don Pepito que continúa siendo infalible para arrancarle a un niño una sonrisa.






viernes, 2 de noviembre de 2012

La invasión del tweed

Señoras en el autobús
Es inevitable. Llega el otoño, caen las hojas, hace frío y el viento despeina los cardados imposibles de las señoras; mientras ellas lo solucionan todo calzándose un abrigo de tweed. Y es que hay modas sempiternas que acompañan a las abuelas allá donde vayan. No sabemos porqué ni porqué no, pero ciertas prendas, complementos y cortes de pelo se repiten en el mundo abuelil como los mini shorts entre las adolescentes. La pregunta es, ¿hasta cuándo perdurará la moda actual de las señoras? ¿Cómo vestiremos la generación que ahora tenemos 30 cuando seamos ancianas? ¿Llevaremos también abrigos de tweed y pelos de peluquería? He aquí una enumeración de prendas y detalles que no pueden faltar en las abuelas más urbanas. Hasta cuándo durará, eso no lo sabemos, la moda es imprevisible.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Compañeras de viaje

Hoy he vuelto a coger el metro para volver a casa a la misma hora que hace una semana, y allí estaban otra vez. La mujer del pelo color naranja y la anciana rusa sentada a su lado, sosteniéndole la mano. El otro día ya me llamó la atención la extraña pareja que forman. La más joven es muy delgada, de mediana edad, aunque viste como una veinteañera, informal y juvenil; y tiene el pelo de un naranja intenso que tampoco concuerda con su edad. Parece que viene de trabajar porque se la ve cansada, lleva zuecos de enfermera y una bolsa de deporte, probablemente con su uniforme dentro.

La anciana habla con un fuerte acento ruso, se cubre la cabeza con un pañuelo y bajo sus faldas asoman dos piececitos en zapatillas de andar por casa. Me recuerda un poco a las abuelas rusas de Eurovisión y fantaseo con la idea de que es una de ellas. En pocos segundos la estoy viendo bailando por el vagón a ritmo de "Party for everybody... Dance, come on and dance..." Me aguanto la risa porque la tengo justo enfrente, aunque no me presta ninguna atención. Ella solo tiene ojos para la mujer del pelo naranja. Le dice, medio en Español, medio en ruso, medio en lenguaje de signos, que le recuerda a su hermana precisamente por el color del cabello. Le acaricia la mano mientras la más joven se deja hacer. Tiene una permanente y cálida sonrisa en la que muestra un diente de oro. La otra se dispone a bajarse ya, pero, antes de levantarse, le dice que la semana siguiente no la verá porque tiene turno de mañana y no viajará en metro a esa hora. No sé si la rusa alcanza a entenderla, pero asiente con la cabeza muchas veces hasta que la mujer se baja del tren. Su mirada se pierde en el infinito mientras continúa sola su trayecto esperando volver a ver a esa chica que le recuerda a su hermana, que estará tan lejos, por el color del cabello.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El barrio viejo

Ese señor del bastón es el que nos arreglaba el calentador a todo el barrio, me dice señalando al anciano inquieto que recorre la sala de punta a punta. Lleva tirantes y camina muy erguido, un poco con cara de susto. A nadie le gusta que le saquen sangre a las 8 de la mañana. Todos parecen cerdos camino al matadero. Imagínatelo con treinta años menos, a ver si te acuerdas de él, venía siempre. Qué pena, está viejísimo. Él y todos los demás, pienso, es ley de vida, el barrio ha envejecido mucho en los últimos años y verlo día a día no debe de ser muy agradable pero, reitero, es ley de vida. Y ella mientras tanto se abanica con el volante del médico y se queja de la espera. Se ha vuelto muy impaciente y lo quiere todo ahora, ya, como una adolescente. Hace un momento ha venido a saludarnos la vecina del primero con su nieta, que ya tendrá 12 años y nos escudriña con unos enormes ojos negros como los de su abuela. Esta es la mayor de Cristina, ha dicho, y yo me he itentado acordar de la última vez que vi a Cristina, que es de la edad de mi hermana, con un carrito de bebé. Ella pone cara de pena, suspira y le explica a la vecina lo del dolor que tiene en el hígado, que se lo están mirando los médicos, que la está matando, que para estar así de mal prefiere morirse. De la depresión no le dice nada.

De vuelta a casa parece que no va a poder caminar pero, alentada por a seguridad de mi brazo, se acelera para que la calle no se le haga tan larga, y comenta apesadumbrada que en los análisis le va a salir de todo. Azúcar alto, colesterol, ácido úrico... Voy  tener de todo, ya verás. Y qué quieres, pienso, con 77 años qué quieres. Y es que no tiene mucho más, pero a ella se le hace un mundo. De la depresión sigue sin decir nada. En el portal nos encontramos a la peluquera, que la anima a bajar a peinarse, Ay hija, si yo pudiera... y en el ascensor coincidimos con la señora del sexto, que nunca he sabido cómo se llama pero que tenía muchos hijos todos ellos muy altos y desgarbados. Nos mira preocupada y le dice que después le hará una visita. No mujer, no te preocupes, si me voy directa a la cama. Y se va, nada más entrar por la puerta. Ya a solas con el silencio de la mañana en este barrio cada vez más envejecido me pregunto qué se siente al perder la ilusión y el interés por todo aquello que te rodea y, sobre todo, si existe una receta mágica para recuperar las ganas de vivir. La respuesta está frente a mí: una funda de cuero con 7 cajitas con los días de la semana escritos en la tapa, divididas en 4 compartimentos cada una, llenas todas ellas de al menos 7 pastillas, todas diferentes. Ésa es la receta mágica. Lo que pasa es que no funciona.

miércoles, 1 de agosto de 2012

¡Con la Tata otra vez no!

Dios te salve María, llena eres de gracia... la Tata susurraba oraciones repetitivas de forma automática una noche más mientras Martita, en la cama de al lado, se tapaba los oídos con fuerza. Tenía miedo. No entendía las palabras de su Tata y lo único que escuchaba era el susurro rítmico de la anciana que dormía junto a ella, boca arriba y con las manos entrelazadas a la altura del pecho. Como un muerto. Martita nunca había visto un muerto de verdad, pero en las películas de terror que veía su hermana,  los vampiros dormían así en sus ataúdes. A ratos sacaba la cabeza de la sábana y la miraba para confirmar que estaba viva, aunque no acertaba a decir si estaría dormida o despierta.

¡No, por favor, con la Tata no! suplicaba cada verano semanas antes de las vacaciones, cuando se asignaban las habitaciones del apartamento. Nunca era el mismo y nunca en el mismo sitio, pero Martita siempre dormía con la Tata. Claro, era la pequeña. Mientras tanto sus hermanas mayores, la novia de su hermano más alguna amiga que se apuntaba a veranear con ellos, compartían la habitación más divertida: la de los colchones en el suelo y las juergas por las noches; la de las confidencias de chicas mayores y los sujetadores tirados en las sillas; la de las maletas abiertas llenas de vestidos preciosos que nadie le prestaba para salir por la noche. Porque a ella nunca la dejaban salir por la noche con las chicas y tenía que conformarse con verlas arreglarse, ayudarles a elegir la ropa, maravillarse cuando se maquillaban y despedirlas en la puerta con la Tata detrás diciendo no volváis muy tarde... Sus padres habrían salido a cenar solos, como tantas noches, y a Martita no le quedaba más remedio que quedarse en el apartamento con la Tata, que le haría una tortillita francesa y se quedaría dormida viendo la tele a un volumen ensordecedor. Más tarde, en la cama, la Tata rezaría el rosario en bajito y Martita se taparía la cabeza con la sábana para no escucharla. Así eran las noches de verano en las que Martita soñaba que se iba al pueblo con las chicas, que bailaba en la dicoteca como los mayores y volvía a casa casi al amanecer, entre risas ahogadas para no despertar a sus padres.

Cuando era más pequeña le encantaba ir a casa de la Tata y quedarse a dormir allí. Era una casa enorme llena de balcones que daban a una calle bulliciosa, y tenía muchos tesoros guardados en pequeños joyeros y cajitas. Le gustaba que su Tata le dejase unas viejas láminas de dibujo de Mickey Mouse para copiar y colorear, que tenía guardadas en una raída carpeta azul. Martita se sentaba en la mesa camilla junto al balcón a pintar durante horas. Sin embargo, ahora que ya tenía 11 años quedarse en casa con la Tata no le divertía en absoluto. Y además, era verano y sus hermanas habían salido. Sabía que si tenía paciencia, en unos años ya sería mayor para salir y dejaría a la Tata sola en casa. Aquello le causaba ciertos remordimentos, pero las ganas de ser mayor podían con ellos. Sólo tenía que esperar cuatro veranos para tener 15 años, como los que tenía su hermana ahora. Cuatro veranos más y cambiaría los rezos de la Tata por la música de la discoteca. Martita se durmió pensando en ello. La Tata aún rezó un Ave María más.